Síndrome de la migración

          por Marcelo Baldo  

 

Si has emigrado recientemente hacia el país en el que ahora vives, si no es tu ciudad de origen a la que te has trasladado o si has tenido que dejar tu hogar y a tu familia para establecerte en donde hoy trabajas, entonces es posible que estés atravesando o hayas elaborado ya algún tipo de trastorno migratorio.

 Un síndrome es un conjunto de síntomas y signos que afectan al cuerpo orgánico como proyección psíquica alterando la personalidad de un sujeto. En situaciones de personas que migran es posible que algunos de esos síntomas o molestias puedan estar relacionados con dicha acción constituyéndose así el efecto llamado síndrome migratorio o mal de reubicación del que migra.

           Si bien el término migración corresponde naturalmente al viaje periódico de las aves de paso, en las personas, dicho movimiento no se produce sin consecuencias. En principio existen dos calificativos que constituirán, en este caso, el ser de un humano: emigrante, inmigrante.

Bien sabemos que el primero está referido a aquella persona que deja su propio país para residir en otro o trabajar temporalmente en él. En relación con el segundo adjetivo, este funda a quien llega a un país extranjero para establecerse allí.

          Pero, ¿basta con llegar desde otro país y apoyar las maletas en el piso para pasar de ser emigrante y constituirse en inmigrante? ¿Puede el ser humano, como las aves, pasar de un estado a otro solamente por la trayectoria del vuelo o el recorrido entre dos ciudades? Parecería, más por los testimonios, que por el sentido común, que la cosa no resulta tan fácil como las palabras lo definen:

  “…Habiamos preparado nuestro viaje con mucha anticipación, teníamos todo organizado para vivir en los EE UU, pero desde que llegamos solo pienso en volver…” (Silvia,33).

“…Creo que este primer año ha sido bueno, no me puedo quejar, pero extraño a mi gente...y a mi ciudad” (Gustavo, 34)

“…Mi marido encontró un buen trabajo, mis hijos están encaminados en sus estudios, con el idioma nos defendemos, pero yo aún no puedo acostumbrarme, algunos días para mi son terribles.” (Cecilia,35)

 ¿Cuál es entonces el acto transformador entre e-migrante e in-migrante?

 En toda persona el pasaje de un estado a otro conlleva una carga emotiva que soporta (sostiene) dicho pasaje. Claro que para ‘cargar’ con dichas emociones la persona posee un cuerpo orgánico que reacciona frente a los cambios. Y no hablamos aquí de factores externos como el clima,  por ejemplo. Más bien consideramos aquellos cambios que deben soportar ciertas renuncias y duelos que la persona debe elaborar. De cómo se resuelva ese duelo o se elabore el conflicto que los cambios ocasionan, dependerá el estado de salud y bienestar del que ha migrado.

 Sabemos que muchas veces se ha utilizado en metáforas el término tierra sustituyendo al término madre. Y muchas veces madre, tierra y patria se asocian a lo entrañable de un aspecto humano. Como decía el autor: “Patria es la tierra donde se ha sufrido, /Patria es la tierra donde se ha soñado, / Patria es la tierra donde se ha luchado, /Patria es la tierra donde se ha vencido.[1]

Todos los seres humanos, atravesados por un sistema cultural y lingüístico, no dejamos de tener resonancia con aquellas palabras que nos acompañan desde niños. Madre y Patria (del latín pater, patris, padre), son palabras que remiten a los orígenes, a los padres, y a la tierra en donde uno ha apoyado por primera vez sus manos, sus pies, sus rodillas, su cuerpo. Son palabras que remiten a la primer acogida a partir del nacimiento.

Madre, padre e hijo conforman un núcleo o sistema complejo para la constitución de nuestra personalidad. De esas primeras experiencias toda persona es rescatada por la cultura que lo ‘expulsa’, simbólicamente, de dicho sistema proyectándolo hacia la exogamia. Esa expulsión es natural y necesaria. Y también traumática, en el sentido de que este padre y esta madre, a los que (a la que o al que) uno tanto ama y de los que recibe protección y cuidados van a tener que dejarnos pasar de un mundo infantil hacia un mundo adulto. Ese pasaje no se desarrolla sin el conflictivo paso por la adolescencia. También en esta etapa del desarrollo humano es necesario elaborar un síndrome de adolescencia normal.[2]

Y es en este sentido en donde podemos decir metafóricamente que uno emigra de la tierra de los padres para inmigrar a nuevas tierras que nuestra fantasía crea como película (proyección mental) ante la incertidumbre de aquello por venir. Como en la adolescencia, la migración sería un paso por el cual se debe elaborar aquella expulsión del pasado. Sólo que en este caso, la expulsión es más material que simbólica. La patria, tierra en la que se ha sufrido, soñado y luchado no siempre es para el que emigra, la tierra donde se ha vencido.

Ante diversos factores, -económicos, sociales, políticos, culturales, entre otros- que atraviesa un país se crean las condiciones de emigración como en las últimas décadas se estuvo dando en Latinoamérica. Tanto países de Europa como Estados Unidos han sido destinos elegidos por muchos emigrantes que se vieron obligados a elegir, optar y adoptar otra tierra, otra patria. La búsqueda de ser acogidos por ‘otra madre’ se impuso como marcha.

Frente a semejante desprendimiento ciertos mecanismos psíquicos defensivos comienzan a manifestarse. La idealización del bienestar, el status social, económico-político y cultural que otros países, como Estados Unidos, ofrecerían, aparece. Y es, montadas en dicho ideal, que muchas personas han emigrado.

La problemática se pone en juego. Claro que no se trata solamente de obtener los recursos económicos para el traslado. Eso hasta podría ser lo menos complicado cuando no hubo que desprenderse de los bienes materiales hasta ese momento obtenidos, para -tras la venta de los mismos- obtener un dinero suficiente para el viaje. Emigrar es un acontecimiento vital estresante de gran medida. Nunca se abandona con gusto un lugar de pertenencia aunque se encuentre otro que ¿bien? podría sustituirlo. La resistencia al cambio aparecerá naturalmente. Sistemas de salud de muchos países receptores habrían advertido que la mayoría de los inmigrantes sufren los primeros años una serie de enfermedades diversas. El cuerpo, como pantalla de proyección mental, comienza a manifestarse. El dolor (psicosomático) surge. El dolor que sustituye un duelo. Y todo duelo debe elaborarse.

El psicoanalista Sigmund Freud escribió: “El duelo es, por lo  general, la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente: la patria, la libertad, el ideal, etcétera.[3] Pero el duelo no es tal, hasta tanto no se haya entrado en el nuevo estado. Y las nuevas condiciones que se encuentran en el país de destino, en términos de historia, cultura, educación, situación laboral y legal,  extienden el proceso de elaboración del duelo.  Ciertas sintomatologías comenzarían a manifestarse: ansioso-depresivas (tristeza, llanto, insomnio), somáticas (alergias, fatigas, cefaleas), disociativas (pérdida de la noción de tiempo y espacio, personalidad bipolar y/o múltiple). La adaptación general al nuevo medio implica un esfuerzo extra al que debe emplearse en el desarrollo de la vida habitual.

En esta etapa de los acontecimientos, ¿puede entonces calificarse de inmigrante a aquella persona que ya en nueva tierra, aún debe atravesar dichos avatares? Seguramente no, ya que aquel esfuerzo y su desarrollo, determinan el pasaje de la emigración a la inmigración.

 ¿Cuáles serían los medios que ayudarían en el proceso de elaboración de las pérdidas y adaptación a los nuevos parámetros socio históricos y culturales? Las intervenciones favorables para el acompañamiento  del proceso podrían ser varias:

 -       Es de importancia la entrevista con profesionales de la salud, siempre que pueda tenerse acceso a los mismos. Sabemos que muchas veces la propia situación económica y legal aíslan a las personas de los sistemas de salud.

-       Los grupos de conocidos ocasionales en los que se encuentran ciertos rasgos identificatorios de problemáticas comunes, pueden ser de gran ayuda y contención.       

-       Elegir paseos y actividades acordes a las expectativas idealizadas con las que se llega a la ciudad harán posible internalizar la nueva realidad cuando se halle la diferencia entre lo esperado y lo posible.

-               Constituir redes sociales entre personas con iguales características de atravesamiento cultural, conociendo sus orígenes, culturas, ubicación laboral,  horarios disponibles, contactos telefónicos y algunos datos personales contribuirá al encuentro de ayuda cuando se pueda recurrir a ellos.

-               Proponerse objetivos cortos a alcanzar paulatinamente. A medida que los acontecimientos se desarrollen demostrarán aquello de lo que uno es capaz de hacer en el medio que lo rodea.

-       Acceder a los mediadores culturales que algunos estados y zonas tienen como servicio al inmigrante. Generalmente se encuentran en estos grupos, profesionales que disponen de estrategias terapéuticas para la elaboración de conflictos acompañando el proceso de adaptación.

  Considerar estos y otros procedimientos ayudará al que migra, a hacer posible el anhelo de vencer en tierra, aquello que, quien no arriesga, siempre tendrá puesto en el cielo.-

 



[1] Fragmento de “Patria”; Leopoldo Díaz, poeta argentino; (1862-1947)

[2] Al respecto, el profesor Mauricio Knobel explica sobre este proceso en el cap. 2 de “La adolescencia normal”, que escribe junto a Arminda Aberasturi en la década del ’70. (Ed. Piados, Argentina)

[3] Duelo y Melancolía, Obras completas, 1915



* Licenciado en Psicología de la Universidad de Buenos aires, Argentina

Contacto: baldomarcelo@hotmail.com