ARGENTINA
Análisis
de la coyuntura actual de la Argentina
¿Cambio de Gobierno o cambio
de etapa?
Fuente: Argenpress Por: Claudio Lozano (IEF
- CTA)
Es
indispensable percibir que el año 2007 objetiva un punto de
inflexión en la coyuntura política del país que se expresa en
tres dimensiones:
a) Puesta en cuestión (en algunos casos agotamiento) de las
condiciones económicas que hicieron posible la fase de
crecimiento 2002-2007.
b) Cambio en la subjetividad social.
c) Consolidación de un sistema político signado por una
gobernabilidad conservadora.
En el plano económico puede decirse que todas las condiciones
que hicieron posible la fase de recuperación del período 2002-07
están puestas en cuestión. La primera diferencia se expresa en
las condiciones que exhibe la coyuntura internacional. Más allá
del mantenimiento de precios elevados para los productos que la
Argentina coloca en el mundo, la evidencia del proceso recesivo
en los Estados Unidos pone sobre el escenario interrogantes
importantes. No sólo aquellos relativos a la suba de los costos
para el financiamiento de nuestra economía en un contexto donde
se elevan los vencimientos por deuda pública, sino también
aquellos que remiten a la duración que tendrá la recesión, a la
extensión que ésta pueda tener sobre los países de Europa, a los
efectos que producirá sobre el crecimiento económico de quienes
le venden al Norte y nos compran a nosotros (Ej.: China, Brasil,
etc.), o al carácter coyuntural o estructural de una crisis
global, donde puede estar discutiéndose, incluso, un cambio de
predominios en la economía global.
En suma, son demasiados elementos para pensar que con las
reservas, el tipo de cambio flexible y el superávit fiscal pueda
alcanzar. En coyunturas como estas, la densidad y diversidad
productiva, el desarrollo tecnológico, y la capacidad de
decisión soberana sobre el proceso de inversión adquieren
especial importancia. Aspectos estos que no han estado en la
agenda de los últimos años y que, nos encuentran hoy, en una
matriz productiva que si bien ha crecido no se ha diversificado
y con una cúpula empresaria donde el predominio trasnacional es
absoluto. Es más, podría decirse que la aceptación pasiva de los
precios que hasta hoy nos brinda la economía mundial (altos
precios para los alimentos y las commodities así como bajos
precios para la adquisición de maquinarias y equipos) tiende a
consolidar la matriz primaria, extractiva y de baja densidad
productiva que hoy caracteriza a nuestro país.
La segunda diferencia se expresa en la distribución del ingreso.
Muchas veces no se percibe que una de las condiciones para el
arranque de esta fase de crecimiento fue justamente la
ampliación de la desigualdad. El impacto de la devaluación
reduciendo en más de un 30% los costos laborales en un contexto
de amplia disponibilidad de mano de obra (más de 20% de
desempleo), fue clave junto a la licuación de deudas y la
coyuntura de precios internacionales para recomponer los
márgenes de beneficios de las principales empresas del país.
Centralmente aquellas orientadas a la exportación y a la
sustitución de importaciones y al abastecimiento de un mercado
interno que fundado en la desigualdad de origen reconoce un
papel dominante en el consumo de los sectores más acomodados.
Está claro que el mayor dinamismo que el negocio inmobiliario,
la construcción y las automotrices exhiben, no responde a la
evolución de la masa salarial, sino a la expansión del consumo
de los sectores de mayores ingresos. Así, la fase 2002-07 es una
experiencia de crecimiento económico que en tanto se funda en
una ampliación de la desigualdad vigente en la dolorosa
Argentina del 2001, y donde la masa de beneficios creció más que
la masa de salarios.
No obstante, la magnitud del crecimiento, la reducción de la
desocupación a casi un 10%, la instrumentación de políticas de
salario mínimo y convenio colectivo así como la mayor capacidad
de discusión de los asalariados en el citado contexto, permitió
que entre los años 2004 y 2006 se produjera una recomposición de
los ingresos de los trabajadores centrado sobre todo en los
trabajadores formales y en aquellos situados en las empresas de
mayor productividad. Esta recuperación (que es tal respecto a
los mínimos históricos de los años 2002 y 2003 pero que sigue
aún debajo del 2001) ha puesto en cuestión las ganancias
extraordinarias originales de las empresas y fundamenta las
presiones inflacionarias del año 2007. En este sentido, la
inflación actúa como mecanismo corrector y preservador de las
ganancias extraordinarias del empresariado más concentrado. A la
vez, en tanto amplía la desigualdad reduce los efectos positivos
que en materia de ingresos produce el crecimiento económico. Así,
el año 2007 exhibe crecimiento, caída del salario real,
mantenimiento de la pobreza, aumento de la indigencia (hambre)
por alza en el precio de los alimentos e interrupción en la
mejora relativa que la distribución del ingreso venía observando
desde el 2004.
La tercer diferencia en el plano económico remite a la situación
de la estructura productiva. Se observan aquí limitaciones que
son el resultado de años de desindustrialización y de un
comportamiento de la inversión privada que pese a la envergadura
que exhiben las tasas de ganancia y la masa de beneficios
apropiados por el sector empresarial (claramente ubicados en sus
máximos históricos), se ubica en términos relativos por debajo
de experiencias recientes (Ej.: los noventa).
A este comportamiento hay que agregarle que la calidad de la
inversión también revela limitaciones importantes. La proporción
que ocupa la construcción y el material de transporte,
transforma a la inversión en capital reproductivo en
absolutamente exigua frente a la necesidad de sostener el
crecimiento y diversificar la matriz productiva. Por cierto, lo
expuesto adquiere relevancia ya que a diferencia del momento de
arranque de esta fase de crecimiento (2002), donde había una
amplia capacidad ociosa resultante de la situación recesiva
alcanzada, hoy dicha capacidad disponible no existe y los
cuellos de botella en materia productiva están a la orden del
día. En consecuencia, en el marco de la Argentina desigual el
consumo de los que más tienen se expande más rápido que la
oferta provocando una mayor suba de las importaciones y
presiones sobre los precios. Para ser precisos, en la Argentina
concentrada y desigual que tenemos, la inflación es el resultado
de que los ricos consumen mucho ( + demanda) e invierten poco y
mal (restricción de oferta). Es más, la inflación es, ni más ni
menos, que el obvio emergente del cambio de etapa en materia
económica.
La cuarta diferencia remite a la infraestructura. En el 2002, la
disponibilidad era la característica en materia de transporte,
de energía y de comunicaciones, hoy, la recuperación de la
economía ha puesto en evidencia los niveles de obsolescencia de
la infraestructura y los límites en materia de inversión. Estos,
que son resultado de la experiencia privatista de los noventa no
se han resuelto a través de un modelo oficial que en lo
sustantivo descarga los costos de inversión en el Sector Público
o en la propia comunidad (Ej.: cargos específicos), al tiempo
que mantiene, de manera dominante, el control privado sobre la
gestión de la infraestructura.
En suma, nada es como era entonces. En este nuevo contexto, el
empresariado más concentrado cierra filas en demanda de
recuperar las ganancias extraordinarias que dieron origen a la
presente etapa. Es más, pretenden -frente a presiones de costos
ligadas a falta de insumos, límites en la capacidad productiva o
infraestructura-, estabilizar la situación salarial afirmando
casi que lo que este esquema puede dar en materia distributiva
ha llegado, prácticamente, a su límite. Así las cosas, es
esperable que la tasa de crecimiento se desacelere y que los
rendimientos sociales que el período 2002-2006 exhibiera sean a
partir de ahora mucho menores.
Lo expuesto abre a la consideración del segundo plano en el que
se expresa el cambio de etapa: la modificación en la
subjetividad social. Es obvio que la situación ya no es la que
existía a la salida de la crisis. En aquel momento la obtención
de un empleo pésimo y de bajos ingresos era un logro
importantísimo para quienes venían del desempleo. Siendo más
enfáticos, puede decirse que al finalizar la fase de caída
permanente de la actividad económica que llega hasta el primer
semestre del 2002, y comenzar el sendero de recuperación de la
actividad, el crecimiento y la generación de empleo actúan como
bálsamo de contención para la crisis social. Hoy, cuando la
economía está en crecimiento hace cinco años y revela un PBI que
está 36% arriba del 2001 y 25% por encima del año 1998, mientras
el ingreso promedio de los ocupados apenas se encuentra en los
niveles del 2001 y es un 12% inferior al de 1998, sumado a la
existencia objetiva de casi 13 millones de pobres, se gestan
condiciones que potencian la demanda social. Condiciones que no
solo remiten a la situación objetiva de crecimiento desigual
vivida hasta aquí, sino también a la prevalencia de núcleos
discursivos que le han otorgado legalidad y legitimidad a la
demanda social. Dicho de otro modo, en un contexto de crisis la
subjetividad se moldea en torno a un anhelo básico “salir de
ella”. Hoy la exigencia es mayor. Tanto porque el”horror” de la
crisis quedó atrás como por el hecho de que el discurso
dominante e incluso oficial no es el de los noventa. La
gobernabilidad vigente se reconstruyó legitimando la demanda
popular.
En el plano político institucional también se observan cambios
importantes.
Más allá de lo discursivo, el año 2008 es pletórico en
evidencias acerca de la consolidación de una gobernabilidad
conservadora. Macri en la Ciudad, Scioli en la Provincia de
Buenos Aires, el Delasotismo en Córdoba, Gioja en San Juan, son
demostraciones objetivas de una cerrazón institucional que se
expresa también en la reorganización del Justicialismo, en la
decisión oficial de mantener en la ilegalidad a la CTA, en los
cada vez más evidentes casos de represión sobre el intento de
los trabajadores de organizarse (Ej.: IBM, Casino, Línea 60,
INDEC) e incluso en el discurso presidencial que busca enfrentar
los conflictos con la comunidad (Ej.: los docentes son
responsables de la crisis y deterioro de la Educación Pública).
Es más la experiencia reciente indica (más allá de la
verborragia discursiva del oficialismo) que toda posibilidad de
cambio u oxigenamiento institucional (Ej.: Binner en Santa Fe;
Fabiana Ríos en Tierra del Fuego o Sabatella en Morón) fue
confrontado por el oficialismo en un expreso compromiso con el
mantenimiento de las prácticas políticas más tradicionales. Más
aún, si alguien pretendiera explicar lo expuesto por la simple
dialéctica electoral de oficialismo vs. oposición, sobran los
casos al interior del propio oficialismo de la ilegalización de
intentos de cambio institucional con mayor o menor suerte en el
Conurbano Bonaerense. Los límites impuestos a quienes pretendían
plantar una alternativa de renovación en La Matanza, y los
triunfos de Gutiérrez en Quilmes o Díaz Pérez en Lanús que no
gozaron de la bendición oficial, son palmaria demostración del
compromiso Kirchnerista con la restauración de la gobernabilidad
conservadora.
Cabe consignar por último que esta situación es acompañada por
un cuadro en el cual las fuerzas políticas emergentes de la
elección nacional del 2007 revelan niveles evidentes de
fragilidad. Dicho de otro modo, están todas “atadas con alambre”.
Si tomamos el “poderoso” Justicialismo, sería importante
precisar que hace ya tiempo que las fidelidades y lealtades del
“otrora glorioso movimiento” no se festejan ni defienden en la
calle. Es esperable que la reorganización del PJ camine sin
problemas en tanto se mantenga la legitimidad del Gobierno y en
tanto este disponga de una frondosa billetera centralizada capaz
de “atender” las necesidades provinciales. Tanto una cosa como
la otra son las que se ponen en juego en el cambio de etapa que
en las líneas anteriores hemos descripto. Es indudable que buena
parte de la legitimación del gobierno y de las condiciones de
Gobernabilidad construidas descansan en la comparación de los 5
años de crecimiento (2002-2007, que para los Kirchner son cuatro
y lo libera del ajuste que políticamente pagó Duhalde) versus
los cuatro de caída económica vertiginosa (1998-2002). La
construcción del consenso Kirchnerista está sostenido en la
recuperación de la economía rodeada de un discurso que por un
lado abjura y cuestiona el neoliberalismo noventista, y por otro
ostenta avances inconclusos en materia de Derechos Humanos (entendidos
como juicio sobre el genocidio) . No está demás preguntarse que
suerte podría tener este consenso frente al rallentamiento de la
economía y al amesetamiento o deterioro de la situación social.
En este sentido, cualquier quiebre del consenso o dificultad en
materia de recursos, sacará a la luz pública lo que
efectivamente es hoy el Partido Justicialista. Un conjunto de
tribus cada una con un cacique e incluso con articulaciones
económicas diversas, para los cuales siempre está primero su
propia reproducción que la adscripción a proyecto alguno. La
fragilidad expuesta se hace aún más expresa habida cuenta de las
dificultades que el propio Justicialismo exhibe a la hora de
obtener consenso en los centros urbanos importantes (excepción
hecha claro está del conurbano bonaerense). Nos referimos a la
Ciudad de Buenos Aires; Provincia de Santa Fe; Ciudad de Córdoba.
Por cierto, la fragilidad del PJ exhibe una evidencia manifiesta
en el marco del conflicto del sector agropecuario.
El análisis de la Unión Cívica Radical conlleva identificar
niveles de fragilidad aún mayores. Está claro que el oficialismo
radical no logró sobrevivir como esperaba con la candidatura de
Roberto Lavagna y la situación de debilidad en la que quedó
luego de Octubre, se agravó con la incorporación del propio ex
Ministro en la reorganización del PJ. Por cierto, no fue mucho
mejor la performance de los radicales K que lograron ser
derrotados en sus distritos ( Ej.: Mendoza, Mar del Plata) y que
han sido “ninguneados” en el dispositivo de poder oficial. En la
práctica podría decirse que la única experiencia radical exitosa
se dio por fuera del Partido con el caso de Margarita Stolbizer.
Sin embargo, la situación de esta aparece atravesada por los
interrogantes que presenta una Coalición Cívica que es el
resultado del viraje expreso de Elisa Carrió desde la
centroizquierda a la derecha del firmamento electoral. Viraje
que ha implicado desgajamientos de distinto tenor y que mantiene
incluso una conflictiva relación con el Socialismo de Hermes
Binner (fuerza esta que la acompañó electoralmente pero que no
integra la Coalición).
En suma, la gobernabilidad conservadora se asienta en un cuadro
que combina una potencial conflictividad con una evidente
fragilidad de las fuerzas surgidas de la contienda electoral,
marco que es absolutamente proclive a la “votilidad del
consenso” y a los realineamientos políticos. Realineamientos que
tendrán un sentido u otro según que actor o actores exhiban
mayor capacidad para intervenir en el conflicto social y que
capacidad exista para vertebrar una experiencia política de
nuevo tipo.
Desaceleración de la economía, menor derrame, mayor demanda y
conflictividad social en el contexto de una gobernabilidad
conservadora, reafirman la necesidad de construir una nueva
experiencia política capaz de romper la trampa en la que nos
encontramos. Aquella que nos dice que todo cuestionamiento al
gobierno favorece a la derecha, pero que al observar con
detenimiento la gestión gubernamental encontramos que la derecha
entendida en términos de práctica política y asociación con los
intereses económicos dominantes, está presente al interior del
gobierno. Dicho de otro modo ¿de qué hablamos cuando hablamos de
que hay algo a la derecha de los 13 millones de pobres, de la
desigualdad vigente, del régimen minero o del régimen petrolero
de la Argentina actual, de la legislación antiterrorista, la
reorganización del PJ o de las limitaciones expresas al accionar
organizado de los trabajadores?
Si hablamos de que todo puede ser peor, lo cual siempre es
cierto, parece fácil entender que estamos en presencia de un
conformismo inaceptable frente al deterioro que exhibe la
Argentina.
Si queremos decir que el rumbo es el correcto, resulta difícil
sostener esto en el marco de una gobernabilidad conservadora que
asienta su propuesta económica en los elevados niveles de
desigualdad vigente y una matriz productiva en la que se consume
el saqueo de nuestros recursos naturales. Situación esta en la
que los argentinos consumimos hoy nuestro propio futuro
expresado en el cuadro de infantilización de la pobreza que
mantenemos y en la dilapidación de las rentas formidables que en
materia de recursos naturales caracterizan a nuestro país.