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A cien días: hambre, soberbia y silenzio
Buenos Aires,
espejo de un país saqueado
Por Elisa Rando Fuente
ARGENPRESS
No
fue tan fácil ni resultó tan simple.
Tu fundación fue la reiteración de la aventura. La aventura
interesada. Entre un noble andaluz y un capitán vasco se repartieron
la faena y el botín.
Se fueron y te dejaron una corona de problemas. La cruz, con
amenazas, prohibiciones y castigos sin perdones. La sotana, sombra
larga y siglos de padrenuestros y penitencias. La sífilis, para
castigar al sexo “desatinado”. ¡Desatinos desvergonzados, los del
sexo! Por suerte, el noble y el capitán se llevaron muchas cosas y
olvidaron el idioma, con el que de mil maneras se puede decir, te
quiero y de un montón de formas escribir y expresar rebeldías,
esperanzas, solidaridades, amores y desventuras.
Buenos Aires, es lamentable, pero quedaste así marcada para siempre.
Y siempre estaremos luchando, amando y reclamando. Exigiendo,
soñando, dando, negando. Y también, muchos, pactando, traicionando,
conspirando, robando.
Rebeldes e indolentes. Soberbios. Engreídos y mercaderes. Creadores
y suicidas. Todos en la inmensa planicie de este país, mirando un
río que soñaste mar, en cuyo puerto te quedaste para entrar o salir,
cuando el espanto te aturda o la alegría te conmueva. Esa es tu
suerte, Buenos Aires. Parece un sino, pero es tu historia.
* * *
Hoy, como acostumbrados, todo sucede sin asombro. Sin discreción,
sin prudencia. Candidatos, revueltos e impresentables. Sin ideas ni
ideales, hace ya cien días procuraron seducirte y sólo te sometieron.
Ahora, después de tanto acoso, no saben qué hacer con vos. Balbucean,
improvisan. Se enojan, se fastidian. Tu imponencia, tus problemas,
tus gentes, tus locuras. Tu lluvia. Tu luz. Tu manojo de desventuras,
son su confusión y tu venganza. En esa milonga, sin ensayo, te
acompañamos, malograda Buenos Aires.
La experiencia es la mejor escuela y aprendimos largamente, que los
necios, cuando disputan el poder, conspiran. Conjuran. Y la
conspiración de ellos, para los de abajo, es siempre un infortunio,
es siempre…por las dudas, la represión. En la emergencia, somos tu
pueblo y estamos de tu lado. Estamos al lado del país entero, porque
el país entero está tomado por la improvisación, la soberbia, la
camándula, la camorra, la prepotencia policial, la rosca de una
derecha fascista y trasnochada, las barras musculosas, la
explotación capitalista, cruel, dura. Dueños del dinero y de las
gentes.
En el infortunio no se razona. Se salva el rápido. El que se cree
“más vivo”. El capital pide. Exige. Los capitalistas asustados son
un peligro ineludible. Claman represión para salvarse. Y el poder
seducido y seductor, reprime…, para salvarlos…y para salvarse.
Los de abajo pagamos. Pagamos siempre. Pagamos con el cuerpo. Con
las ilusiones. Con la desocupación. Con la ignorancia. Estamos a tu
lado, porque en medio de todo esto, está la gente, que vive y se
debate entre el hambre y el silencio. Entre la creación y la
indolencia. Entre el amor y la guerra.
Atormentada Buenos Aires, eres parte del país que queremos. Del país
en donde las miserias, las grandezas, las desesperanzas conviven sin
que los que se atropellaban para gobernarlo, hagan el menor esfuerzo
para concretar algo de todo lo prometido. Aunque más no sea una sola
de sus mentiras.
Los de abajo, los de siempre, trabajamos, luchamos.
Queremos seguir andando por tus anchas avenidas. Esperar tus dorados
estíos. Recibir tu lluvia. Resistir tus vientos. Tus fríos
implacables.
Soportar tu sol en los eneros de vagabundo hastío. Acompañar las
marchas de los hombres y las mujeres sin trabajo. En noches de
soledad, de refugio, entre trapos y cartones. Chapa. Granizo y
sudestada.
Acariciar la cabeza de los chicos sin pan. Sin casa. Sin abrigo.
Cortar calles y caminos. Exigir atención a los que deben darla y
respeto a tantas ilusiones tronchadas para siempre.
Soportar las miradas acusadoras de burgueses fracasados. Que
reprueban. Que expulsan. Que agreden. Esa miseria que a los
miserables del dinero les rebota. Esa miseria ajena, que hace que se
sientan superiores. Magníficos. ¡Delirantes inconscientes!
¡Qué espanto es la miseria! ¡Qué espanto es la miseria silenciada!
¡Qué espanto la indigencia desatenta! ¡Qué inmoral los poderosos
cuando someten con el hambre, la ignorancia y el dinero! Después de
tanto oprobio, a los que quedan fuera sólo les espera el hospicio,
la cárcel, o la sepultura.
Vida de espanto, la del pobre abandonado. Recogiendo basura y
perdiendo dignidades. ¿O se creerá que a la miseria la inventaron
los pobres, para salir de pobres?
Hay gentes, hay pequeñas gentes, que sí lo creen.
La miseria es consecuencia y no causa. Y la provocan, los que no se
hartan de ser ricos. La necesitan. Le interesa al capital y a los
capitalistas y sus sirvientes en el poder, la legalizan. Reconocen
lícito al sistema triturador de cuerpos y rebeldías. La justicia,
inconmovible para los pobres, cómplice de los poderosos, la sufre el
abandonado, el olvidado, al que sólo miran como sospechoso y
desprecian como si fueran vagos.
Son los pobres sin respuestas. Son pobres, simplemente pobres. Los
pobres invisibles. Los pobres de todos los rincones. Humildes, pero
lejos, muy lejos de ser los verdaderos miserables.
Esta es también tu gente Buenos Aires, ni reina ni madre. Capital de
un país saqueado, desde hace años. Atenazado por injusticias no
resueltas. Por impunidades y latrocinios. Aventureros sin temores,
ni escrúpulos, ni nada. Cuando la rabia nos impulsa, aquí estamos.
Cuando las diferencias nos humillan, salimos a tus calles, soñando
un mundo nuevo. Marchando con banderas, porque somos militantes.
Porque las causas de los explotados, son las causas por las que
lucharon tantos. Para que todos comprendan que las nuestras no son
teorías viejas. Tampoco antiguas. Jamás pérdidas. Tienen la realidad
del pan y del calor. Del agua y de la tierra. De la explotación y de
la vida. Tienen siglos de injusticia acumulada.
Crecimos, maduramos entre crímenes y exilios. Aquellas noches
siniestras de Falcon, capucha, frenada, allanamiento y muerte, nos
demostraron que la ternura salva y compensa del horror
incomprensible.
Aquellos días de terror y espanto en que, abrumados y entre dientes,
tuvimos que decirte adiós… ¿Te acuerdas? Llorabas con nosotros,
Buenos Aires. Lloras hoy también la explotación, la riqueza mal
habida. Esta forma de acostarse con la muerte cada día.
Luchamos porque te queremos. Porque guardas nuestras historias
primeras de amores e ilusiones. De proyectos postergados. Tú sabes,
cómo fuimos construyendo nuestros sueños de cambios y revoluciones.
Y sabes, también, que esos sueños no murieron. No los cotizamos. No
los entregamos.
Todos en las calles pararemos la soberbia, no sólo en Buenos Aires.
A los mandones de turno del país entero, les haremos escuchar las
voces que nunca escuchan. Que no les interesa. ¡Que sepan que no son
tantos, ni son estos buenos tiempos para mandones y prepotentes!
En la calle, en las plazas, si somos multitudes, seremos pueblo.
Aquí estamos. ¡En esas multitudes! En este pueblo.
En esas plazas y en esos parques enrejados. Cerrados para el sueño
nocturno de los pobre casi ausentes de la vida. En tus parques
enrejados, ¿Se querrá también cercar la ilusión y el pensamiento?
Parques y plazas enrejados. Libertades inocentes acorraladas.
Mentalidad de carceleros, los inventores de tanta reja ciudadana.
Ombúes, cerezos y magnolias entre rejas. Mensaje sinistro el de las
plazas argentinas.
Nos quedamos en tus noches con calles despobladas. En tu puerto
negro de hollines y aguas estancadas. En tus relojes detenidos. En
tus cúpulas descoloridas. En las vías sin trenes. En las canillas
sin agua. En las bombitas apagadas. En los pasillos estrechos de las
villas para pobres, indigentes y sospechosos de delitos. En tus
hospitales llenos de enfermos y broncas. En las gentes de a pie. En
las historietas de troles y tranvías. En la historia grande, no
olvidada, de proletarios y huelgas. Ley de residencia. Ley de
conmoción interior. Estado de sitio. Movilizaciones y cárceles.
Despidos. Mujeres golpeadas. Extradiciones de socialistas, de
anarquistas, sometidos a procesos. Expulsados del país. Encarcelados
en penales de seguridad, sin jueces, sin leyes, ni defensa. Y
estudiantes, apoyando siempre. Estamos a tu lado porque cada vez te
pareces más a tu gente. Carencia, pobreza, y un poquito…, un poquito
de soberbia deslucida.
Nos encontramos con todos en las marchas, exigiendo castigos a
tantos canallas asesinos. Queremos saber qué hicieron. Dónde los
asesinaron. Quienes son y dónde están los asesinos. Dónde están los
jueces que no actúan. Dónde los torturadores que actuaron demasiado.
¡Dónde los compañeros que quisimos tanto! Ese es otro espanto que el
poder y la justicia no ha resuelto. Que nos deben. Todavía.
¡Qué fantástico es el deseo! ¡Qué imponente la exigencia militante!
Años, pidiendo castigo a los mismos asesinos. ¿Dónde se piden los
castigos de tanto delito silenciado? Criminales todos. Se suicidan.
Se matan entre ellos. Se infartan. Se enloquecen. Locos. Siniestros
locos, los nuestros.
Nos quedamos a tu lado, Buenos Aires. Nos quedamos en tus entrañas,
país tibio y tembloroso, por las escuelas sin campana. Con chicos
sin delantal. Sin abrigo. Sin comida. Con zapatillas deshilachadas.
Con ilusiones chiquitas. Tan chiquitas, que sólo con el sol les
alcanza.
Nos quedamos con los chicos vendiendo flores en bares llenos de
gentes. De gentes que parecen mudos. Indolentes. Insensibles, que no
acercan ni una mirada ni una caricia. Avaros de sentimientos. ¿Dónde
creció tanta insensibilidad e inconciencia? Dónde, en un país
poblado de inmigrantes analfabetos heroicos que llegaron ilusionados
y los ocupó el campo y las chimeneas. El barro, la molienda, la
máquina de coser, la fragua y el pincel.
Nos quedamos con los pibes y sus flores, en las calesitas de
potreros embarrados. Sin sortija ni caballos de colores ni
avioncitos de hojalata, pero con los pibes de las flores. Caras
sucias, sonriendo y asombrados.
Nos quedamos en tus calles de adoquines con lustre de asfalto viejo.
En los baches. En tus veredas sin baldosas. En los socavones donde
se duerme, se sufre, se procrea. En las glicinas de las ventanas de
madera y chapas. En los malvones al pie de árboles sin poda. En las
barreras sin trenes. En las calandrias y los jilgueros mañaneros. En
las golondrinas pasajeras.
En las fuentes. En los viejos, los hombres y las mujeres sin apuros.
Desocupados que esperan. ¿Esperan y sueñan? Sueñan su futuro…,
futuro cortito, con pasado conocido. Con trabajos sin sueldos. Con
esperanzas pequeñas. Son esperas infinitas, su paciencia. Su
credulidad adolescente. Es quizás la espera inocente que creyó en
estafadores de ilusiones, los más estafadores de todos.
Nos quedamos con los inocentes. Los abandonados. Los acusados de
delitos. Indefensos de calumnias. Nos quedamos con los santos
inocentes para buscar a los diablos liberados. Y exigir justicia
para todos.
Nos quedamos para ver si algún día a los dueños de la Rural se les
hace rendir cuentas. A los hacendados, dueños de vacas y toros.
Campos y cerdos, revueltos con cerdos. Compradores de prebendas
oficiales.
La sociedad divertida. La sociedad insaciable. La sociedad
bendecida. Exaltada. Escuchada. Avaros y malandrines con poder y
barniz de respetables. Amenazan y consiguen. Consiguen y siguen
amenazando y consiguiendo. Lo que pidan. La Rural, faenadores de
cuerpos y conciencias. Monumento a las vacas, que la gente normal no
come. Por sus bordes, sus esquinas, pasan los pobres, llevando sólo
cosas de pobres. Hijos con sueño y mantas viejas, con flecos
sueltos. Insulto a la razón.
Algún día todas las plazas se llenarán de gente. Se llenarán de
pobres. Como se llenaron un día en La Habana y en Bogotá. Como se
llenan en Caracas. En Santiago y en Quito. En Montevideo, Managua y
La Paz. Entonces todos los que se encierran en sus mansiones, en sus
barrios atrincherados, en sus chacras, en sus refugios de
pobres-ricos-asustados, tendrán que escuchar a los que se callaron
siempre. A los que en silencio aprendieron la lección. Día a día, en
silencio. Día a día a organizarse. A localizar al enemigo. A elegir
el camino de la liberación que le negaron los poderosos de estas
tierras. Entonces el poder y los poderosos se asustarán. Se morirán
de miedo. No encontrarán lugar seguro donde contener su espanto.
Ese día querrán regalarlo todo. Pero puede que sea un poco tarde.
El capitalismo es ciego y torpe. En su ceguera y su torpeza está su
perdición y su derrota.
Los Hijos del Pueblo, cuando salen a defender la vida, la dignidad,
no saben de componendas. Sólo saben que fueron sometidos y
humillados toda la vida.
Entonces, ese día, como nunca, cantaremos el himno de los hombres
libres. El que entonan los desposeídos de todos los lugares de la
tierra. Los prepotentes, asustados, querrán aprender a cantar. Los
pobres los callarán. Los que sufrieron en silencio. En sótanos, en
asilos, en prisiones, en refugios, donde los ocultaban al mundo. Ese
día sólo cantarán los justos. Los explotados. En todas partes
resonarán los acordes del himno de todos los libres del mundo. Lo
cantarán hombres, mujeres y niños. Y La Internacional los unirá a
todos los que debieron mendigar siempre, la justicia, la leche y el
pan.
A mis viejos compañeros del Partido Socialista. Monteagudo 50 -
Sección 2da - Capital.
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