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La
masacre anunciada
Por Miguel Bonasso ( "Página
12") Un
juez de la Nación le anticipó a este cronista, hace 72 horas, que se
preparaba “una violenta represión contra los piqueteros en el
Puente Pueyrredón”. “Ojo –dijo el magistrado–, van a meter
bala.” El magistrado lo sabía por personal de seguridad con el que
está en contacto debido a sus funciones. Este cronista intentó por
varias vías hacer llegar la versión a las organizaciones piqueteras
que hoy fueron sangrientamente reprimidas, pero no sabe si los
mensajes llegaron a destino. Si no lo advirtió en estas páginas (como
suele hacerlo) fue porque no pudo confirmar la especie de modo
fehaciente y temió actuar como repetidor de un rumor originado en las
activas usinas de inteligencia de este Gobierno. Ahora,
desgraciadamente para muertos, heridos y familiares, la realidad ha
confirmado trágicamente el anticipo. El interinato de Duhalde ya
tiene sus muertos, nuevos sacrificados en la pira del darwinismo económico. La
forma en que actuaron las fuerzas provinciales, coordinadas con las
nacionales de Gendarmería, Prefectura y Policía Federal, demuestra
que la emboscada estaba preparada y que no hubo aquí ningún exceso,
sino la recalcitrante adhesión de nuestras fuerzas de seguridad a
repetir los procedimientos de la dictadura militar. Y un mensaje inequívoco
del poder central. Si no fuera como queda escrito, ¿cómo podrían
haber ingresado efectivos de la Federal cuatrocientos metros en
terreno bonaerense?, ¿cómo podría haberse llevado a cabo el asalto
sin orden judicial al local de Izquierda Unida donde hirieron y
secuestraron militantes de un partido del arco parlamentario? ¿Cómo
podría la Bonaerense haber ocupado el Fiorito para secuestrar gente?
Las
denuncias huelgan. ¿Ante quién hacerlas? ¿Acaso ante la Justicia de
la provincia de Buenos Aires? ¿A quién le puede denunciar este
cronista que ayer a la tarde dos policías bonaerenses fueron vistos
llevándose de la guardia del Fiorito dos bolsas de nylon, conteniendo
ropas manchadas con sangre, obviamente pertenecientes a caídos en la
represión? Que –una vez más– la Mejor Policía del Mundo (Duhalde
dixit) hizo la que sabe y se robó pruebas del crimen. ¿Ante quién? ¿Acaso
ante el secretario de Seguridad Juan José Alvarez que solía ponderar
el precio de una vida por encima del de una lata de tomate? ¿Ante el
señor Gobernador de la Provincia más grande e injusta de la
Argentina, un progre llamado Felipe Solá? ¿O ante el patriota de la
máscara de goma que está (interinamente) al mando de la Nación para
tapar, entre muchos otros entuertos, los desfalcos y tropelías
perpetrados en su Provincia? A
nosotros nos toca gritar: “Se va a acabar, se va a acabar esa
costumbre de matar” y a ellos les toca acribillarnos a lo largo de
todas nuestras vidas, para que Moneta, Rohm y otros muchachos que se
llevaron algún mango sigan en libertad, impunes. “Volvería
a firmar con gusto”, dijo hace pocos días Carlos Ruckauf, refiriéndose
al decreto de Italo Luder que ordenaba el aniquilamiento de una
generación. Seguramente, también volvería a aplaudir la muerte de
muchachitos argentinos en Malvinas que apoyó hasta enronquecer una
clase política que no tiene entrañas sino bolsillos. Y el largo
genocidio silencioso perpetrado contra los excluidos por mandatarios
como Menem, De la Rúa o Duhalde que son implacables con los humildes
y genuflexos con los poderosos. Una
vez más los paladines de la muerte se han sacado la careta de
centuriones de la democracia. Que ningún varón prudente venga a
decirnos que a los piqueteros los mataron por “infiltrados, por
loquitos, por zurdos”. Porque eso equivale al “en algo andarían”
con que se justificó la desaparición de 30 mil argentinos. Que ningún
comisario de turbia foja venga a desfigurar lo que todos vimos con
groseras explicaciones sobre el calibre del crimen. Que ningún
alcahuete de los medios tape la olla podrida y le haga propaganda al
caos. Una vez más, mataron a manifestantes populares que salen a la
calle a gritar su hambre, su desesperación, el robo del futuro. A
veces el periodista debe ceder paso al ciudadano y animarse a
enarbolar un sueño: esto no va a parar hasta que cientos de miles de
compatriotas salgamos pacíficamente a llenar y ocupar la Nueve de
Julio para gritar “¡basta! La democracia no es un juego de tahúres,
ni una película de gangsters. Háganse a un lado para siempre, y
dejen que hablen las urnas”. O la Nación se hundirá, sin remedio,
en una nueva tragedia.
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