31 de dicimber del 2001

Hablar de socialismo hoy ya no es un tic dogmático. Dogmático sería en estas circunstancias, insistir con la defensa del capitalismo que nos empujó al borde del abismo Argentina: nuestra rebelión

Claudia Korol
Fueron días de incendio de las sensaciones, de las creencias, de las ideas, de las calles, de los cuerpos y de las almas. No es fácil escribir sobre lo que sentimos y creímos, lo que pensamos y descreímos en estas jornadas, pero es necesario contarnos nuevamente lo que vivimos y vibramos.

¿Cómo nació la rebelión? ¿Cuáles son sus causas? ¿Cuáles serán sus consecuencias?

La rebelión fue el grito desgarrado de un pueblo con hambre, con desesperación, con rabia, con indignación. Grito desgarrado de pueblo desarmado, desarraigado, desencantado.

La rebelión nació de los fragmentos, de las heridas, de los cortes. La rebelión nació de la tierra. Semilla que no creció en incubadora. Semilla regada por la sangre de otras rebeliones. La rebelión marchó con bronca por las calles. Entró en los supermercados. Arrancó a la gente de las casas. La volvió pueblo, hacedor de su propia historia, o al menos de fragmentos de ella.

Encuentro de rebeldías

Varios sectores de la población, movidos por diferentes indignaciones, se lanzaron al protagonismo para resolver urgencias acuciantes. Los más empobrecidos, movilizados por hambre... hambre concreta y hambre subjetiva. Sectores que vieron en pocos años desmoronarse sus proyectos individuales y colectivos, ante una política económica excluyente y marginadoraque tiene como contracara la super-concentración capitalista.

Dentro de esta franja, merece un ánalisis especial el accionar de aquellos jóvenes que no han ingresado en el mundo del trabajo, que saben que tienen una condena de por vida, ya que en los marcos de este sistema no tienen presente ni futuro. Ellos, crecidos a los tumbos, inermes cuando sus familias entraron en la picada descendente de la exclusión, marcados por la atonía general de la Argentina posdictadura, fueron formados sin embargo en la pelea callejera de las "barras" de las esquinas, de las "hinchadas" de los equipos de fútbol. La generación de pizza, birra, faso, poxiran, sabe de represión, sufre la violencia cotidiana del gatillo fácil. Ellos tienen una dosis suficientemente alta de indignación contra los que dictaron su condena y contra quienes la hacen cumplir, a los que identifican con la fuerza policial que los agrede y que se ha cobrado cientos de víctimas en estos años.

También en esta franja de los excluidos, hay que considerar el nuevo protagonismo de las mujeres, como consecuencia de la feminización de la pobreza y de la resistencia. Condenadas doblemente, por pobres y por mujeres, estas señoras salieron de sus casas para asaltar supermercados, como salen las fieras a defender el alimento y la vida de sus crías. La feminización de la resistencia no comienza en estas jornadas. Pero en ellas se ha visto consagrado -incluso por el accionar discriminatorio de las fuerzas represivas que autorizaban en algunos casos a ingresar en los supermercados sólo a las mujeres -estigmatizando por esta vía el rol social de "dadoras de alimentos" del género.

En los saqueos a los supermercados -que en cada caso adoptaron diferentes modalidades, iniciándose siempre con la presión masiva sobre el local, y continuando luego por distintas negociaciones- se pusieron en juego acumulaciones previas, como las realizadas por los distintos movimientos de desocupados. Si bien se registra también el accionar en algunos casos de punteros del PJ que se movieron al igual que en el 89 buscando la desestabilización del gobierno radical, e incluso de carapintadas que se reactivaron en la movilización por la libertad de Seineldín, lo cierto es que el marco de comprensión de la masividad de los saqueos no responde a explicaciones de carácter conspirativo, sino como respuesta a la masividad del saqueo realizado por el poder.

El saqueo tiene además otras claves que merecen ser interpretadas, de cara al futuro, como es la pérdida de respeto por la propiedad privada, y la legitimación de la violencia popular, de la violencia de los de abajo, en situaciones en las que no apelar a este recurso, significa aceptar la otra violencia, la del suicidio.

-Recuerdo en este momento que pocos días antes habíamos recibido por los medios de comunicación el suicidio de un luchador chileno, y que en nuestro país se había asistido al suicidio de un desocupado, ante las cámaras de TV.

La pérdida de respeto por la propiedad privada, no es un dato menor. El imaginario social del capitalismo se constituye sobre la base de la consolidación de este disvalor, así como de otros de sus paradigmas fundantes como el mercado, la familia, la ley, la religión y el Estado.

Atacar estos símbolos, a través de diferentes formas de lucha, comienza a presentar batalla en el terreno de la construcción de sentidos, es parte de la lucha cultural en curso.

Es en esta dirección que se resignifican como antecedentes, los cortes de ruta, comprendidos como la acción de interferencia en la circulación del capital. También la lucha por la libertad de presos como Emilio Alí o Raúl Castells, que promovieron acciones semejantes a las que en estas jornadas se masificaron. La batalla por la libertad de todos los presos políticos y sociales, quienes desde su exclusión física bien pueden representar a todos los territorios de exclusión construidos en nuestra Argentina para asegurar el orden capitalista. La lucha de las Madres con el aporte simbólico de la socialización de la maternidad, que ha puesto en jaque a la institución familia como ámbito privilegiado de la reproducción de los valores y de la cultura capitalista. Madres que, además, en su última marcha de la resistencia se han proclamado piqueteras, aportando a unir la memoria de los combates revolucionarios de sus hijos, con esta nueva generación de combatientes sociales por la emancipación y la justicia.

En el caso de los trabajadores movilizados –no a partir de sus organizaciones sindicales, sino precisamente superando la parálisis de sus conducciones- varios factores estaban en juego, desde la pérdida progresiva de los puestos de trabajo, hasta el hecho de que en muchoscasos no cobraban hacía ya varios meses, y en el caso de que cobraran, la "bancarización" retenía una parte de sus haberes, hecho particularmente exasperante frente a la inminencia de las fiestas navideñas, y el fin de año. La pérdida del aguinaldo en muchos casos de las vacaciones, y en la mayoría del salario o de la capacidad adquisitiva del mismo, fue un elemento tensionante de los estados de ánimo que no canalizaron las centrales obreras. Uno de los gritos más insistentes en la plaza era de denuncia de la pasividad y la ausencia de las dos CGT, y contra la burocracia sindical y sus lugartenientes.

En el caso de la CTA, el esfuerzo desarrollado en pos de la consulta popular, quedó palidecido y a destiempo, frente a un ánimo que exigía un nuevo tiempo de movilización e incluso de insurgencia.

Los sectores medios salieron a la calle, hartos del saqueo a los salarios, el saqueo a los ahorros, y debido a la situación de inestabilidad generada a partir de las últimas medidas decididas por el ex ministro Domingo Cavallo de "bancarización" de la economía, asumidas en pos del dogma del pago de la deuda externa. Vale decir en este punto, que si bien es cierto que el "factor Cavallo" fue determinante del estallido, no lo fue menos la política fondomonetarista, que chantajeando hasta el final por más y más ajuste, negaron unos días antes el chorrito de dinero esperado por la administración radical.

Estas decisiones, más la declaración del estado de sitio anunciado por De la Rua, que terminó con la "ilusión democrática" para estos sectores -ya que los más empobrecidos hacía rato que sufrían sistemáticamente los hechos represivos- incendiaron los ánimos.

Comenzó el incendio con la generalización de los saqueos. A esto le continuó el cacerolazo, que sacó a la gente de sus casas hacia la calle, y luego la fuerza creciente producida por el encuentro espontáneo de miles de argentinos, que empujó a los corazones hacia las plazas, y en la capital porteña, hacia la Plaza de Mayo.

Volver a la Plaza

El espacio público fue recuperado en las jornadas de diciembre. La memoria fue honrada con la ocupación simbólica de la Plaza de Mayo, epicentro de tantas batallas de nuestro pueblo, desde el 17 de octubre del 45, poblada de los trabajadores por la libertad de Perón, hasta esa misma plaza resignificada por los pañuelos blancos de las Madres de Plaza de Mayo.

La Plaza de Mayo volvió a ser el centro de las decisiones. Para quienes habían reescrito la arquitectura de las relaciones sociales en los tiempos posmodernos, colocando el protagonismo en los despachos oficiales, y circunscribiendo la ciudadanía al hogar y al ejercicio de la institucionalidad, las jornadas de diciembre patearon el tablero. El pueblo, al volver a ser y a sentirse pueblo (el pueblo unido jamás será vencido, volvió a repetirse con un tono diferente) se volcó a la intemperie. Fue el quiebre del individualismo, de la anorexia producida por el puertas adentro al que nos condena la privatizadora política imperial. Frente a lo privado, lo público; frente a lo individual, lo social; frente a la implosión, la explosión.

El estallido fue reconstituyente de memoria, de cultura de rebeldía, de autoestima, de fuerza y subjetividad popular. El estallido fue el ya basta de un pueblo harto, que volvió a ser pueblo, al constituirse masivamente desde sus intuiciones comunes como sujeto de historia.

El saqueo fue un esfuerzo de recuperación de lo expropiado salvajemente por el gran capital. El saqueo fue la insurrección de la dignidad, levantándose de décadas de aplastamiento.

El estallido fue un acto de salud, que posibilita la continuidad de la existencia en la resistencia. Se produjo precisamente en el límite de nuestras fuerzas. Se produjo en el instante en que empezábamos a dudar de nuestra capacidad de ser humanos y humanas, constructores de nuestrasvidas. Se produjo en el límite de nuestra imaginación.

La represión

La respuesta del régimen fue una represión salvaje. Comenzó la noche misma del miércoles, y continuó el jueves durante todo el día, incluso después de la renuncia del presidente declarado en default. Más de 31 muertos, cientos de heridos, cuatro mil presos. Las Madres de Plaza de Mayo golpeadas por la caballería y heridas con balas de goma.

El terrorismo de Estado se sacó la careta. La maldita democracia "democratizó" la represión. Ya no fueron sólo los habitantes de las villas, o los jóvenes las víctimas de la brutalidad policial. Hubo palos y balas para todos.

En una escena paradigmática que pudo verse por un canal de TV, una mujer encara al comisario que estaba a cargo de la represión en Plaza de Mayo y lo increpa diciendo: "aquí estamos la clase media, no somos de la villa. ¿Por qué reprimen así?". El comisario, no se sabe si con conciencia de la historia y del destino de sus palabras le respondió: no hacemos distinciones de clase a la hora de restaurar el orden. Mentira sobre mentira. Bala sobre bala.

Si bien la clase media se había acostumbrado en los últimos años a que la violencia represiva tenía como víctimas principales a los habitantes de las zonas de exclusión, supo entonces que su alianza con esos sectores se pagaba con la misma moneda con la que se pagó en los 70 la integración de numerosos cuadros jóvenes de la burguesía a las filas revolucionarias.

Romper la alianza de clases, fue uno de los objetivos de la represión.

Calmar a las capas medias, y dejar que el descontento quedara circunscripto a los más desesperados, a quienes se aspira a contener con una dosis de asistencialismo, y otra de palos y balas.

Para los sectores más empobrecidos se montó el operativo de inteligencia que llevaba a enfrentar a pueblo contra pueblo. En un barrio se avisaba que venían a atacar del otro y viceversa. Con lo cual los vecinos terminaron montando guardias armadas en cada cuadra. ¿Qué sucederá cuando se tome conciencia del accionar de los servicios, dependientes del estado provincial en estas operaciones, y los mismos vecinos que se encontraron para defender con armas en mano su cuadra, comprendan que esta unidad puede servir para atacar a quienes los quieren hacer juguetes de sus manejos?

A pesar de la represión, la movilización se extendió y una nueva generación se fogueó en la lucha de calles. Aprendió a hacer barricadas, en improvisadas lecciones dados por algunos pocos veteranos de otras batallas. Aprendió a hacer molotov. Aprendió a retroceder y a avanzar. Aprendió a usar los limones y pañuelos para aguantar los gases. Muchos jóvenes tomaron sus primeras clases en esas jornadas.

En lo más álgido de la represión, todos asistimos a una lección que no por repetida, no vuelve a conmovernos una y otra vez. Entre los gases lacrimógenos, entre las bombas, entre las balas, se distinguió el pañuelo blanco en las cabezas grises de las Madres de Plaza de Mayo. Se vio a Hebe de Bonafini atravesando la Plaza de Mayo con Porota, Beba, y otras madres queridas y dirigiéndose hacia el jefe del operativo, exigiéndole el cese de la represión. Se vio también a estas madres coraje poniendo sus cuerpos y recibiendo los golpes y las balas de goma.

Muchos y muchas que hasta ese momento permanecían en las casas, salieron a la calle ese jueves a la mañana indignados por esas escenas.

Como en la dictadura, los pañuelos blancos de las Madres siguen enseñando. Superándose a sí mismas cada día, nos siguen enseñando la necesidad de poner el cuerpo en cada lucha, y de hacer de la vida misma un acto de rebelión contra la pasividad, contra la cobardía, contra la adaptación.

Las Madres volvieron a enseñarnos con su cuerpo, que la única lucha que se pierde es la que se abandona.

Otros gestos de coraje que vale mencionar: la "infantería motorizada" del pueblo, como se los llamó a los motoqueros. Que se expusieron en la primera línea para avisar del accionar policial a unos y a otros indistintamente. Que metieron sus motos entre los caballos, para trabar su avance. Que repartieron limones. Que pelearon como el que más. Que fueron ovacionados a la hora del festejo. Que perdieron cinco compañeros. Cinco motoqueros asesinados.

La gente no abandonó la lucha, y el que tuvo que renunciar fue el Presidente. Quedan los muertos. Nuestros caídos. 31 o más, todavía no sabemos. Viene a la memoria una y otra vez el verso del poeta: "Por estos muertos, nuestros muertos, pido castigo." La lucha contra la impunidad, necesita ahora sumar este nuevo reclamo. Imprescindible. La memoria, trabaja hoy para recuperar sus nombres, sus vidas, sus sueños.

Para que no queden como una sola anécdota de esta Semana Trágica de diciembre del 2001.

Para que estimulen la continuidad de la lucha, y en particular, para ubicar con claridad, que la mayor banda homicida existente en la Argentina, bien pertrechada y animada de un enfermo espíritu de venganza y de odio contra el pueblo, son precisamente las fuerzas policiales y represivas. Cualquier gobierno que intente una política popular, necesitará como condición desmantelar esta guarida de delincuentes a sueldo del Estado, entrenados en el genocidio.

El futuro

El futuro no es más que una incógnita sin respuesta, mediada por nuestra capacidad de continuar en las calles (como ya se ha visto en el nuevo cacerolazo que echó a Grosso del gabinete nacional flamante), y por unconjunto de factores como son, la voluntad del presidente Rodríguez Sáa de cumplir con una parte de sus promesas, las decisiones del Fondo Monetario y de los Bancos de dar aire o no al gobierno peronista, la propia interna del peronismo que se anuncia para la sucesión del 2003.

El peronismo con Rodríguez Sáa pretende expropiar el triunfo popular. En una lógica natural para el siglo pasado, pero ya puesta en tela de juicio en los comienzos de este siglo, analizan que frente a la caída de los radicales, lo que sucede es el ascenso de ellos. Pasan por alto que tanto De La Rúa como Menem recibieron el repudio generalizado en la Plaza de Mayo, que los burócratas sindicales fueron rechazados. Es decir, que si bien algunas de las medidas anunciadas, como la suspensión del pago de la deuda externa, la creación de puestos de trabajo, las posibilidades de instrumentar un seguro de desempleo, la posibilidad de que sean juzgados los genocidas, despiertan lógicamente expectativas en la población, ellos no tienen un cheque en blanco.

En el caso del movimiento popular, quedará por analizar si el descréditode la política se agota en ese límite, o si da lugar a que se constituyan nuevas formas organizativas capaces de desafiar el concepto de la política asociado al clientelismo, a la acción mediática, a la batalla puramente institucional, y aporta a la constitución de un concepto y una práctica que sostengan la batalla por el poder popular, por la lucha de calles, por la rebelión, por la insurrección de las conciencias.

En 1929 Walter Benjamin escribió que la política revolucionaria es la organización del pesimismo. Antonio Gramsci en su tiempo propuso: "escepticismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad". El pesimismo desorganizado fue el que asumió la forma de rebelión en las jornadas de diciembre. El pesimismo del que se vayan todos, del ya basta. Nuestro desafío es transformar ese pesimismo en política revolucionaria, utilizando tal vez para ello el otro condimento necesario: el optimismo de la voluntad.

Esto implica una tarea cotidiana, de base, de reconstrucción de la experiencia, de formación de cuadros, de constitución de nuevas relaciones, de gestación de valores opuestos a los que sostienen yreproducen la dominación.

Se trata de la multiplicación de la educación popular, en este tiempo, con sello de la rebelión. La educación popular que aprendió en estas jornadas los nuevos códigos que creó la calle. La educación popular que crece y se alimenta de la resistencia, y que aporta en esta batalla a la búsqueda colectiva de alternativas de poder popular.

La educación popular que pueda integrar, en el caos ideológico construido por el imaginario neoliberal, una idea elaborada por Rosa Luxemburgo hace un siglo: socialismo o barbarie.

Se trata de cuestionar la labor de los comunicadores empecinados en identificar la lucha social con la barbarie. La barbarie es, precisamente, la política capitalista, que empuja a la gente a la desesperación, que convierte a mujeres, hombres, jóvenes, niños, en saqueadores. La barbarie es, precisamente, la extensión del hambre en un país rico precisamente en alimentos. La barbarie es, la insensibilidad del poder político, que desata la represión para salvaguardar las superganancias de los acreedores externos, de los bancos, de los que "se hicieron la América" a costa de la exclusión de las mayorías.

Frente a la barbarie capitalista, la misma que desata guerras de exterminio contra los pueblos que enfrentan la dominación norteamericana, se impone replantear el debate sobre el socialismo como alternativa.

No hay terceras vías, no hay capitalismos humanizados, no hay perspectivas para el pueblo en los marcos de este sistema. Y hablar de socialismo hoy ya no es un tic dogmático. Dogmático sería en estas circunstancias, insistir con la defensa del capitalismo que nos empujó al borde mismo del abismo.

Las izquierdas y los movimientos populares, necesitan volver a discutir el socialismo, y a pensarlo en los marcos concretos en que se viene construyendo la resistencia. En las semillas de socialismo que se anuncian en los saqueos de los Mc Donald, y de OCA, símbolos del poder trasnacionalizado, semillas de socialismo que se siembran en la pérdida de respeto masivo a la propiedad privada, semillas de socialismo que se engendran en la salida del ámbito privado para la acción pública, semillas de socialismo que renacen en la acción que deja de ser individual para hacerse colectiva, semillas de socialismo que se expresan en gestos como los de los motoqueros, que hicieron de la solidaridad su bandera en los dos días de la contienda, semillas de socialismo que se multiplican en los ¡ya basta! que supimos conseguir. Desde nuestras semillas, las propias, las que hemos cosechado en la tierra fértil de nuestra memoria, estamos en condiciones de pensar y soñar un futuro diferente, y otra vez, un presente de lucha.