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Los
empréstitos fueron la llave maestra del control financiero del país, y
por tal motivo la política económica que se llevò adelante estuvo
condicionada inevitablemente a un. endeudamiento externo que fue
creciendo cada día más. Si en muchos casos había reales necesidades
de financiamiento, los objetivos fueron, como ocurre en la actualidad,
seguir endeudàndose para pagar deuda. Es por eso que el empréstito
Baring es verdaderamente emblemàtico de una constante de nuestra vida
económica. Desde
ese primer empréstito hasta la terminación de la Presidencia de Roca
se contrajeron 13 empréstitos externos Fecha
Valor nominal ($ F)
Colocación
Resultado 27/05/1865
. 12.600.000
72%
9.072.000 28/10/1881
4.000.000
80%
3.200.000 14/01/1882
8.000.000
85%
6.800.000 12/10/1882.
8.500.000
85%
7.225.000 27/10/1882
20.000.000
85%
17.000.000 25/10/1883
30.000.000
81%
24.300.000 21/10/1885
42.000.000
80%
33.600.000 09/10/1886
20.000.000
80%
16.000.000 Total
207.250.000
171.333.000 Diferencia:
35.917.000
Es
decir que en 20 años las utilidades de los prestamistas sólo en la
suscripción de los empréstitos fueron de 35.917.000 pesos fuertes, lo
que resultan no sòlo sumas exorbitantes, sino reveladoras del real
sentido económico de tales colocaciones. A estas cifras usurarias hay
que sumar los intereses, las comisiones, y demás malabarismos técnicos
que siempre operan en perjuicio de los deudores. Las
necesidades de financiamiento que muchas veces se pretextaban no eran
tales, en realidad lo que se pretendía era hacer negocios que dejaran
suculentas ganancias, y nuestros gobiernos se involucraban en tales
maniobras, con perfecto conocimiento de lo que hacían, además que los
participantes de la operación, o eran socios, o resultaban espléndidamente
retribuidos por su colaboración. Y así como la mayor parte de los
documentos que tienen que ver con el empréstito Baring desaparecieron
de los archivos, la documentación de las siguientes operaciones
financieras no tuvo mejor suerte. Tales
préstamos siempre fueron considerados normales, aunque fueran lesivos
para la economía nacional, y cuando los pagos se hacían exigibles, y
los recursos no resultaban suficientes, no se vacilaba en realizar
cualquier sacrificio, que siempre iba en beneficio de los acreedores. No
en vano decía el Presidente Avellaneda: “La República puede estar
dividida hondamente en partidos interiores, pero no tiene sino un honor
y un crédito como sólo tiene un nombre y una bandera. Hay dos millones
de argentinos que economizarían hasta sobre su hambre y su sed para
responder a los compromisos de la fe pública ante los mercados
extranjeros” Al
llegar Juárez Celman al gobierno, la deuda siguió creciendo y las
aventuras especulativas determinaron que la economía argentina llegara
a un estado de crisis, que produjo la revolución radical, la caída del
gobierno, haciéndose cargo de la Presidencia el Dr. Carlos Pellegrini.
Pero antes de tomar la decisiòn de afrontar las responsabilidades del
poder, consultó a un grupo de banqueros, a quienes les pidió 50
millones de pesos, para enfrentar la inminente quiebra del Banco
Nacional, del Banco Hipotecario, y del Municipal. Cuando se asegura la
provisión de esos fondos, recién se considera presidente. Esos fondos,
no se utilizaron para el destino requerido, sino que fueron girados
inmediatamente a Londres para evitar la gran crisis de la banca Baring
que estaba semiquebrada, debido a inversiones no sólo realizadas en
nuestro país sino a negocios realizados en otras partes. Por supuesto
que el gobierno no podía dejar desprotegidos a tan fieles súbditos, y
fue así que el Banco de Inglaterra corrió en auxilio de Baring
y junto a los banqueros Roschild realizó una reconversión de la
empresa, que cancelò parte de sus obligaciones con el dinero enviado
por el Presidente argentino. Pellegrini
envió a Londres al Dr. Victorino de la Plaza, quien suscribió un nuevo
convenio el 5 de mayo de 1891 con la firma J.S. Morgan por 75.000.000 de
pesos moneda nacional, que en realidad constituyó una moratoria
financiera con plazos distintos para el pago de la deuda. La nueva deuda
se cambiaba por deuda impaga de anteriores empréstitos, afianzàndose
la garantía con todas las rentas argentinas y los derechos de la Aduana
sobre la importación. En
1893, el Ministro de Hacienda Dr. Juan José Romero, dio instrucciones
al embajador en Gran Bretaña, Luis Dominguez para un arreglo de la
deuda. Le decía “pagar las deudas con más deudas es caminar en
derechura hacia la bancarrota. Y es por eso que se pidió que durante
diez años se suspendiera el pago de las amortizaciones, pagàndose
intereses sobre los capitales adeudados, en un 2% inferior a lo que se
tributaba hasta ese entonces. La
situación al terminar el siglo no podía ser más comprometida. La
deuda externa de la Nación era de 884.222.743 pesos m/n. Los
ferrocarriles eran ingleses, los bancos más importantes eran ingleses,
la industria la manejaban los ingleses, los empréstitos los otorgaban
ellos casi exclusivamente. Como infelizmente diría años después el
Vicepresidente Roca: “desde el punto de vista económico somos una
parte integrante del imperio británico”. Además todos los recursos
estaban afectados a las garantías y a los pagos de los cuantiosos empréstitos
que se habían celebrado, y sobre los cuales no existía una
pormenorizada verificación del empleo de los fondos, ni la forma en que
se habían hecho efectivos, sino sólo cifras que se dieron por buenas,
dadas por los banqueros y que servirían para que las obligaciones
crecieran cada día más. Es tan cierto esto, que el propio Carlos
Pellegrini decía en el
Senado de la Naciòn en 1901: “Hoy la Nación no solo tiene afectada
su deuda exterior, el servicio de renta de la Aduana, sino que tiene
dadas en prenda sus propiedades; no puede disponer libremente ni de sus
ferrocarriles, ni de sus cloacas, ni de sus aguas corrientes, ni de la
tierra de su puerto, ni del puerto mismo, porque todo está afectado a
los acreedores extranjeros.”
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