ALGUNAS CUESTIONES METODOLÒGICAS Hay
una especie de modelo de historiador técnico, objetivo y
profesionalizado que surge de los ámbitos académicos y limitado a los
estrechos márgenes de un espacio donde están ausentes el compromiso y
la reflexión critica. Si bien esta imagen puede parecer en principio
correcta, creo que se parte de un equivoco, que es el de suponer que la
corporación académica, no tiene una predilección muy concreta por
ciertos parámetros ideològicos y se mantiene en formas supuestamente
asépticas de hacer la historia. Creo por el contrario, que existen
objetivos muy claros en cuanto a las formas de investigación, reflexión
y creación, que parten de criterios políticos muy definidos, donde la
verdadera investigación no siempre está presente y solo se muestran
hechos y situaciones que coincidan con un esquema básico trazado con
anterioridad. Hay
un vinculo històrico que une a los que hoy algunos teóricos llaman
“realismo periférico” con aquellas viejas ideas, que sobre la base
de lo inevitable de ciertas relaciones de poder subordinaban las
decisiones soberanas de la Nación, a modelos impuestos desde afuera, y
donde la independencia política era una simple fachada para ocultar una
evidente subordinación económica. La
historiografía tradicional a través de una hermenéutica, con ciertos
visos de objetividad, nos dio una visión maniquea de hechos y
personajes, teorizando en forma insistente sobre determinados valores
que estaban representados únicamente por ese grupo escogido de
personalidades con la que aquella se sentía identificada. Todo lo que
se opusiera a ese esquema de historia dominante, donde solo se hablaba
de individualidades y las clases populares siempre estaban ausentes, era
mostrado como un subproducto marginal ajeno al enfoque cientificista del
que se hacia gala. No
voy a caer en la absurda simplificación de plantear que todo este
modelo se manifestò orgánicamente, sin disidencias visibles; porque
hubo muchos cuestionamientos aun dentro del mismo grupo, pero los
grandes temas históricos siguieron una línea medular que la corporación
académica consolido, aun cuando hubiera cierta variedad de matices, que
sin embargo no hacían ala esencia de los hechos que se describían. También
es importante tener en cuenta, que la historia fue escrita desde Mitre
para acá, por los grupos dominantes, que ejerciendo una suerte de
magisterio inapelable, aunque cuestionado a través del tiempo, tuvo una
notable influencia en los ámbitos académicos y universitarios que no
pudieron despegarse de esa autoridad que parecía venir desde el fondo
de la historia. Una de las formas más evidentes de esa manipulación del pasado ha sido el método de investigaci6n que se utilizara, con las consecuentes maneras de exponer determinados temas, conformando lo que Collingwood llamaba con exactitud “la historia de tijeras y engrudo”, mediante la cual se le dio determinada categoría a ciertas “autoridades” cuyas explicaciones y argumentos fueron repetidos, reinterpretados y copiados con diversa fortuna, pero con indiscutible eficacia para la construcción que se pretendía. En los grandes temas, y coherente con esa forma de mostrar el pasado, se eligieron los testimonios para dar una apariencia científica que sirviera de sostén erudito, y se ocultaron o destruyeron todas las evidencias que no coincidieran con ese modelo. Hubo pues, una selectiva utilización de las diversas fuentes con el propósito abogadil de demostrar la exactitud de una u otra tesis, pero no para recrear con autenticidad un proceso histórico A
esa historia tradicional que conocernos ha sucedido una nueva corriente
que con una supuesta apariencia de objetividad ‘o profesionalismo
reconoce la misma falencia que aquella en cuanto a que sus presupuestos
básicos resultan idénticos, al pretender demostrar los hechos desde
una mera crónica exterior. sin ir a las causas ocultas, a las razones
profundas que nunca están a la vista y
necesitan de una indagación creativa, de una reflexión rigurosa que nos muestre una realidad alejada
de la superficialidad y la complacencia con los viejos modelos. Tampoco
podemos hablar que tales obras sean. el resultado de un pensar creativo,
sino que son muchas veces subproductos estructurados con una clara
intencionalidad política, que permiten una lectura sin demasiadas
complicaciones, y donde una simple cronología de hechos expuestos con
mayor o menor habilidad son presentados como obras históricas. Además
asistimos en los últimos tiempos a una proliferación de trabajos
monograficos, gestados en los ambientes universitarios y en algunas
instituciones que se ocupan de este que hacer que se refieren a hechos
carentes de la menor relevancia y son simples ejercicios de erudición
estéril, mientras que aspectos fundamentales de nuestro pasado siguen
sin aclararse, o se repiten las mismas y venerables versiones oficiales,
con alguna que otra modificación circunstancial. El
pensamiento histórico es siempre reflexión, no un rejunte adocenado de
testimonios elegidos cuidadosamente para obtener un resultado
preestablecido con anterioridad. Si bien la tarea erudita resulta
importante para el análisis
de los hechos es una parte
que debe ser utilizada mediante ese
pensamiento que nos lleve a esa interrogación de la que hablaba
Marc Bloch; porque muchas veces los testimonios
por si solos nada
nos dicen, es preciso preguntarles, inquirir en ellos para obtener
respuestas adecuadas, o explicaciones posibles. Por otra parte los
criterios positivistas, hoy camuflados bajo un aura de imparcialidad y
rigurosidad científica no sirven para comprender el pasado y mucho
menos para hacer una recreación reflexiva sobre el. Collingwood.
describiendo esa modalidad decía: ‘Ha sido necesario luchar a brazo
partido con lo que podría llamarse concepción positivista, o mejor
dicho malentendido positivista de la historia: como el estudio de
acontecimientos sucesivos que yacen en un pasado muerto, acontecimientos
que habría que comprender de la misma manera como el hombre de ciencia
comprende acontecimientos naturales, clasificándolos o estableciendo
relaciones entre las clases así definidas. Este error no solo es endémico
en el pensamiento moderno
filosófico sobre la
historia sino que es también un peligro constate para el pensar histórico
mismo. Mientras los historiadores cedan
a él descuidarán la tarea que le es propia: penetrar en el pensamiento
de los agentes cuyos actos estudian y se contentaran con determinar lo
exterior de esos actos, lo que a esos actos puede estudiarse estadísticamente.
La investigación estadística es para el historiador un buen sirviente
pero un mal amo. De nada aprovecha hacer generalizaciones estadísticas
a menos que con ellas se pueda descubrir el pensamiento que hay tras los
hechos acerca de los cuales se generaliza. La
historia como pensamiento y reflexión, ha sido sustituida en nuestro
medio, muchas veces por crónicas o relatos que en algunos casos
presentan un abrumador soporte de notas y referencias, pero que sin
embargo no se apartan de los viejos modelos, aunque quizás exista una
mayor habilidad constructiva, y parezca novedoso, lo que no es sino una
manera distinta de plantear lo ya conocido. Y eso ocurre fatalmente al
olvidar la necesaria interrelaciòn que existe entre los hechos del
pasado, aun aquellos muy distantes, con procesos que se desarrollan en
nuestros días, y que a la luz de ciertos trabajos históricos pareciera
no existir. Pierre Vilar señala que la única forma de aproximamos a un
entendimiento de la historia es a través de un medio simple, que es el
de “considerar cualquier fenómeno histórico (o sea cualquier fenómeno
social en pleno cambio) de tres maneras sucesivas: considerarlo primero
como signo para proceder a las constataciones y los análisis,
considerarlo como resultado mirando hacia atrás y finalmente
considerarlo como causa mirando hacia delante” De tal manera nos
alejamos de las explicaciones unilaterales y asumimos en su real dimensión
la complejidad de los fenómenos históricos, alejándonos de las
simplificaciones interesadas que estamos acostumbrados a transitar.
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