El gobierno de Perón, que en 1945 será elegido por la mayoría del pueblo en elecciones democráticas será una verdadera revulsión de la vida argentina. Será un populismo que, con un país rico en divisas ganadas durante la segunda guerra mundial, aprobará leyes sociales que favorecerán al sector más pobre. Creará un movimiento obrero que obedecerá a sus órdenes y así destruirá el antiguo movimiento obrero de socialistas, gremialistas puros, anarquistas y comunistas. La CGT pasó a depender directamente del movimiento peronista, es decir, de Perón. Su línea cultural más bien se guió por el pensamiento de derecha, guardando muy buenas relaciones con la España de Franco. Como todo pupulismo, mientras el país se mantuvo en una situación de riqueza pudo repercutir precisamente en las clases más pobres. Pero después de los primeros años, cuando comenzó en la Argentina una crisis económica, comenzó también la crisis del peronismo. La esposa de Perón, Evita, hizo una política activa de ayuda a los pobres y principalmente a las mujeres. Pero falleció en 1952, justo cuando se acentuaba la crisis. Perón entra en conflicto con dos grandes aliados de los principios: con el ejército y la iglesia católica. Las dos fuerzas unidas logran, en setiembre de 1955 derrocar a Perón. Éste con mucha capacidad de defensa por parte del apoyo de los obreros, no ofrece ninguna resistencia y huye del país en forma tan patética como Yrigoyen en 1930. Perón huye a una cañonera paraguaya de la marina de su amigo, el general Stroessner, un dictador de derecha. Ese pequeño buque de guerra estaba en reparaciones y no tenía agua ni electricidad.

Comenzarán en la Argentina entonces 18 años de la negación de toda democracia. Será prohibido el partido peronista (oficialmente llamado justicialista) y Perón vivirá en el exilio esos 18 años en diversos países con dictaduras de derecha: Venezuela de Pérez Giménez, Panamá, República Dominicana y por último, la España de Franco, dictador éste que protegió al político y militar argentino. Durante esos 18 años, el ejército en la Argentina fue el verdadero dominador del poder. Se cometieron hechos criminales como el fusilamiento de peronistas sin juicio previo, en junio de 1956. Se hicieron intentos de regreso a la democracia y se dieron elecciones pero sólo permitiéndose a los dos grandes partidos, los dos radicales. En esto estos partidos cometieron un enorme pecado al aceptar esas condiciones de la prohibición del partido peronista. Hasta 1973 fue una sucesión de presidentes electos en minoría y de golpes militares. Se vivió casi constantemente en estado de sitio siendo el poder militar absolutamente discriminatorio. Pero la presión de las masas peronistas hizo que este período nefasto se terminara y pudiera regresar Perón a la Argentina en 1973. Mientras tanto se había iniciado el fenómeno de la lucha de la guerrilla en la Argentina, siguiendo el ejemplo de la Revolución Cubana y el ejemplo del Che. Nace así el Movimiento Montonero y otros grupos menores de izquierda como el Ejército Revolucionario del Pueblo.

Las acciones guerrilleras ayudarán a que los militares se alejen del poder. Por eso permitirán elecciones con la presencia esta vez sí del Partido Justicialista. Los argentinos creían que por fin se iba a acabar el período nefasto de las contínuas dictaduras militares. En los comienzos de 1973 triunfa el candidato peronista Cámpora. Pero ya no era lo mismo. El peronismo estaba produndamente dividido en un ala izquierda y otro de derecha. Cuando regresa Perón de España ordena inmedito la renuncia de Cámpora que pertenecía a la izquierda y gozaba de la simpatía de los Montoneros. Cámpora renuncia y Perón pone como presidente provisorio a un representante de la extrema derecha peronista, Lastiri, yerno de López Rega, un hombre de  extrema derecha que comienza a organizar los escuadrones de la muerte, las llamadas Tres A: Alianza Anticomunista Argentina, para eliminar mediante secuestros y asesinatos a la izquierda de su partido y de la sociedad argentina. Comienza poco a poco el clima de terror. En octubre es elegido presidente Perón por el 60 por ciento de los votos. Pero ya el peronismo estaba profundamente dividido y Perón seguirá gobernando con la extrema derecha, nombrando ministro a López Rega.

 Con dificultades económicas y la oposición de Montoneros se le hará difícil gobernar a Perón. El 1° de julio de 1974 a diez meses de haber tomado el poder, muere Perón y para la Argentina comienza un período más que dramático. Perón es reemplazado por su viuda, María Estela Perón, alías Isabelita, y las calles de las ciudades argentinas son dominadas por las AAA de López Rega y todos los días ocurren asesinatos de notables, opositores a ese gobierno de extrema derecha. En la Argentina se produce el fenómeno del exilio y centenares de intelectuales, líderes obreros y estudiantes abandonan el país. Ante las dificultades profundas, Isabelita llama a elecciones para octubre  de 1976 pero en marzo de ese año las tres fuerzas armadas se apoderan del poder y es nombrado presidente el general Videla.

 Comienza una noche larga para los argentinos. Se aplicará el sistema de desaparición de personas. Uno de los sistemas más crueles de la historia de la represión en el mundo. Secuestro, tortura, robo de sus pertenencias, hasta los hijos desaparecen y luego la muerte y la desaparición del cadáver. Muchas veces se arrojaron vivos al mar a los prisioneros. Fueron autores de esa organización macabra los oficiales que habían estudiado en Estados Unidos. Al mismo tiempo se nombraba ministro de economía al ultraliberalconservador Marínez de Hoz. La deuda externa argentina se fue de ocho mil millones de dólares a 67 mil millones. Se comenzaron a privatizar empresas nacionales argentinas, no se cumplieron las leyes de trabajo y se eliminó a los delegados obreros de las empresas. El ejemplo clásico es Mercedes Benz que de sus catorce delegados obreros fueron desaparecidos 13. En ese sentido hay un juicio tanto en Buenos Aires como en Alemania.

 Sin ninguna duda, es la época más trágica de toda la historia argentina.

 Fueron casi ocho años de una dictadura que pasó a la historia como la más sangrienta desde la creación de la República. De esa época quedó como suprema acción de gobierno, la desaparición de personas y el rapto de los niños de los que eran consideradas personas subversivas. Y se comenzó el camino inexorable a la adhesión al liberalismo globalizador. La derrota de Malvinas quitó estabilidad a los militares que se vieron obligados a convocar a elecciones para octubre de 1983.

 Como pocas veces, el pueblo argentino vivió momentos de alegría y euforia por la reconquista de la democracia. Y justamente aquí viene el porqué de este pequeño prólogo sobre nuestra democracia. Todos los argentinos democráticos creyeron, al ver caer la dictadura, que en la Argentina se iba a iniciar la verdadera democracia que el país nunca tuvo pese a lo que establecía la constitución. Después del totalitarismo más cruel, comenzar desde cero y fundar una democracia que por lo menos en grandes líneas defendiera las libertades públicas y los derechos constitucionales.

 Los tres gobiernos que tuvimos desde entonces: el de Alfonsín, la década de Menem y el fallido gobierno de de la Rúa, no pudieron cumplir con ese deseo. Al contrario, no se fue a la democratización fundamental del país sino todo lo contrario. Se volvió a los antiguos juegos políticos. En vez de democratizar se trató de transar con todos los verdaderos enemigos de una democracia republicana. Esto se nota claramente en lo militar. Se hizo todo lo posible para que se cambiara todo pero no se modificará nada. Su intento se basó en que había habido en la Argentina una guerra civil en la que habían participado dos demonios. Y uno de los demonios había terminado devorándose al otro. Un demonio, el militar en el poder, había terminado con el demonio de la guerrilla aplicando los métodos más aberrantes: secuestro de las víctimas y sus familiarea, torturas, robos de sus pertenencias, robo hasta de sus hijos, y finalmente desaparición de los secuestrados. No, el nuevo gobierno y la oposición no consideraron el caso de víctimas y victimarios en cada hecho, sino simplemente, igualó los crímenes de la guerrilla, que fue el atentado o el secuestro con aparición del cadáver o de la víctima, al ejercido por las fuerzas armadas desde el poder.

 Por ejemplo, Alfonsín mantuvo presos a los condenados a prisión por la dictadura, siendo que esos juicios no habían tenido ninguna seguridad jurídica. Sólo cuando habían cumplido sus penas injustas, esos presos pudieron dejar las cárceles. En cambio a los verdugos se los mantuvo en libertad y se les conmutó de toda pena con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, aprobadas por los representantes de su partido en el congreso nacional.

 Aun los miembros de las fuerzas armadas y de las policías acusados de los peores crímenes, salieron en libertad. La presión de los organismos de derechos humanos y del exterior –ya que muchos de los desaparecidos eran ciudadanos extranjeros- hizo que finalmente Alfonsín respaldara el juicio a los comandantes. Ellos y sólo ellos, pero no a los subalternos del ejército, la marina y la aeronáutica. Los juicios se hicieron sí, con todas las garantías, pero desde el punto de vista jurídico hay mucho que discutir. Por ejemplo, que uno de los peores criminales durante la represión y culpable de la aventura de Malvinas, el general Galtieri, saliera absuelto de culpa y cargo. Lo mismo que se tomaran jueces y fiscales –el caso del fiscal Strassera es patente- que habían ocupado cargos durante la dictadura y a veces con actuaciones poco claras.

 A este juicio, donde los condenados debieron cumplir prisión nada menos que en un establecimiento militar con piscina y visita diaria de los familiares, se lo completó con dos leyes que iban a demostrar toda la intención del alfonsinismo y el radicalismo de hacer olvidar los crímenes del reciente pasado cometidos por las fuerzas armadas y los civiles que las acompañaron. Con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, se perdonaban los crímenes de la represión. Sólo como excepción quedó el robo de niños que años después comenzaría a mover los estrados judiciales por reacciones de las familias que buscan a seres nacidos que fueron secuestrados por los militares en aquella época y dados en adopción a otros militares o civiles. Para justificar posteriormente esta indigna acción, se buscó como pretexto que así, al alejarlos de familias marxistas, esos hijos podían ser educados de acuerdo a normas morales y dictadas por la iglesia católica. Las leyes aprobadas por el gobierno de Alfonsín con respecto a la represión, no respetan los principios universales de los derechos humanos que de ninguna manera disculpan los crímenes de lesa humanidad. Ni siquiera se tuvieron en cuenta los principios defendidos en los grandes juicios de posguerra como el de Auschwitz, por ejemplo, donde el fiscal Fritz Bauer definió claramente lo que son los crímenes de lesa humanidad. Los casos donde no se puede aducir precisamente la “obediencia debida” para justificar hasta el fusilamiento de niños, por ejemplo. No, nada de eso, más todavía la ley argentina de los radicales se llama precisamente “Obediencia Debida”. Esa ley y la de “Punto Final”, por la cual se ponía término a cualquier iniciación de juicios por acciones contra los principios defensores de los derechos humanos, sumió a la sociedad argentina en un clima de cinismo. Un país democrático no puede aceptar jamás el olvido más absoluto de crímenes como las torturas, los secuestros, el robo de las pertenencias de los perseguidos políticos. Pero la bancada radical, sí. La oposición peronista votó en contra pero la oposición en los recintos fue de muy poco valor. Fue más bien el cumplir con la disciplina partidaria en contra del radicalismo pero no fue un repudio claro con esas dos leyes verdaderamente totalitarias.

 El episodio que hizo posible el perdón absoluto de los crímenes militares fue provocado por el golpe militar del teniente coronel Rico. El gobierno civil tuvo miedo. El militar Rico cometió delito de insubordinación al levantarse con sus tropas pidiendo el olvido de los crímenes militares. Deseaban precisamente las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que serían aprobadas como consecuencia de la sumisión del poder civil a los dictados del militar levantado. La Plaza de Mayo estaba llena de pueblo que apoyaba al poder civil contra el militar levantado, autotitulado el “carapintada". Y ocurrió una de las traiciones más grandes a la historia de nuestra democracia. El presidente argentino cedió a la presión de los militares levantados, a pesar del total apoyo del pueblo en la calle, cosa que no había ocurrido ni con la caída de Yrigoyen ni de ninguno de los presidentes derrocados por los militares. Más, Alfonsín voló en un helicóptero hasta el cuartel del militar golpista y allí fue donde pactó la aprobación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Fue un retroceso absoluto del poder democrático ante la fuerza. Cuando Alfonsín regresó a la Casa de Gobierno, anunció desde el balcón a la multitud: “La casa está en orden, felices Pascuas”. El pueblo abandonó la plaza, humillados. Esas dos frases: felices Pascuas y la casa está en orden quedaron en el léxico popular como expresiones de la máxima cobardía. Comenzó para la historia argentina un período en el que el pueblo perdió esperanzas y se aisló de los hechos políticos. En cambio, en el verano de 1989, se produciría el ataque al cuartel de La Tablada por parte de un grupo de militantes de izquierda, quienes señalaron que llevaban a cabo ese ataque armado para adelantarse a otro golpe planeado por los militares. Allí Alfonsín procedió en forma absolutamente diferente a la que había actuado contra los militares de extrema derecha. Desoyó en primer término el consejo del propio jefe de la Policía Federal quien aconsejó rodear el cuartel ocupado por los izquierdistas con una compañía de policía con gases lacrimógenos y que se aguardara a que, incomunicados varios días, se rindieran. Alfonsín actuó de una manera completamente distinta. Llamó al general Arrillaga, famoso por la crueldad con que había actuado durante la dictadura militar en Mar del Plata, autor de la masacre de abogados de presos políticos, en el episodio conocido como “La noche de las corbatas”. Ese general –ante la orden de Alfonsín- atacó el cuartel ocupado por los jóvenes izquierdistas con todas las armas imaginables: tanques, cañones, gases, y un bombardeo incesante de artillería e infantería. Fue una verdadera masacre. Los guerrilleros se rindieron y muchos de ellos fueron fusilados después de soportar toda clase de torturas. Hasta se produjo el fenómeno de la desaparición de gente que se las ve ya prisioneros en las fotos, luego no fueron registradas ni como muertos ni como prisioneros. Posteriormente, los sobrevivientes fueron sometidos a un juicio degradante contra el cual protestó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA. Casi todos fueron condenados a prisión perpetua o a veinte años de prisión en una cárcel degradante. Basta comparar el caso del cara pintada Rico con el de los atacantes izquierdistas para demostrar que Alfonsín no hacía respetar el mismo derecho de igualdad en el trato para todos. Para los militares, leyes de amnistía. Para los guerrilleros, la más extrema y cruel represión y castigo.

 El gobierno de Perón, que en 1945 será elegido por la mayoría del pueblo en elecciones democráticas será una verdadera revulsión de la vida argentina. Será un populismo que, con un país rico en divisas ganadas durante la segunda guerra mundial, aprobará leyes sociales que favorecerán al sector más pobre. Creará un movimiento obrero que obedecerá a sus órdenes y así destruirá el antiguo movimiento obrero de socialistas, gremialistas puros, anarquistas y comunistas. La CGT pasó a depender directamente del movimiento peronista, es decir, de Perón. Su línea cultural más bien se guió por el pensamiento de derecha, guardando muy buenas relaciones con la España de Franco. Como todo pupulismo, mientras el país se mantuvo en una situación de riqueza pudo repercutir precisamente en las clases más pobres. Pero después de los primeros años, cuando comenzó en la Argentina una crisis económica, comenzó también la crisis del peronismo. La esposa de Perón, Evita, hizo una política activa de ayuda a los pobres y principalmente a las mujeres. Pero falleció en 1952, justo cuando se acentuaba la crisis. Perón entra en conflicto con dos grandes aliados de los principios: con el ejército y la iglesia católica. Las dos fuerzas unidas logran, en setiembre de 1955 derrocar a Perón. Éste con mucha capacidad de defensa por parte del apoyo de los obreros, no ofrece ninguna resistencia y huye del país en forma tan patética como Yrigoyen en 1930. Perón huye a una cañonera paraguaya de la marina de su amigo, el general Stroessner, un dictador de derecha. Ese pequeño buque de guerra estaba en reparaciones y no tenía agua ni electricidad.

Comenzarán en la Argentina entonces 18 años de la negación de toda democracia. Será prohibido el partido peronista (oficialmente llamado justicialista) y Perón vivirá en el exilio esos 18 años en diversos países con dictaduras de derecha: Venezuela de Pérez Giménez, Panamá, República Dominicana y por último, la España de Franco, dictador éste que protegió al político y militar argentino. Durante esos 18 años, el ejército en la Argentina fue el verdadero dominador del poder. Se cometieron hechos criminales como el fusilamiento de peronistas sin juicio previo, en junio de 1956. Se hicieron intentos de regreso a la democracia y se dieron elecciones pero sólo permitiéndose a los dos grandes partidos, los dos radicales. En esto estos partidos cometieron un enorme pecado al aceptar esas condiciones de la prohibición del partido peronista. Hasta 1973 fue una sucesión de presidentes electos en minoría y de golpes militares. Se vivió casi constantemente en estado de sitio siendo el poder militar absolutamente discriminatorio. Pero la presión de las masas peronistas hizo que este período nefasto se terminara y pudiera regresar Perón a la Argentina en 1973. Mientras tanto se había iniciado el fenómeno de la lucha de la guerrilla en la Argentina, siguiendo el ejemplo de la Revolución Cubana y el ejemplo del Che. Nace así el Movimiento Montonero y otros grupos menores de izquierda como el Ejército Revolucionario del Pueblo.

Las acciones guerrilleras ayudarán a que los militares se alejen del poder. Por eso permitirán elecciones con la presencia esta vez sí del Partido Justicialista. Los argentinos creían que por fin se iba a acabar el período nefasto de las contínuas dictaduras militares. En los comienzos de 1973 triunfa el candidato peronista Cámpora. Pero ya no era lo mismo. El peronismo estaba produndamente dividido en un ala izquierda y otro de derecha. Cuando regresa Perón de España ordena inmedito la renuncia de Cámpora que pertenecía a la izquierda y gozaba de la simpatía de los Montoneros. Cámpora renuncia y Perón pone como presidente provisorio a un representante de la extrema derecha peronista, Lastiri, yerno de López Rega, un hombre de  extrema derecha que comienza a organizar los escuadrones de la muerte, las llamadas Tres A: Alianza Anticomunista Argentina, para eliminar mediante secuestros y asesinatos a la izquierda de su partido y de la sociedad argentina. Comienza poco a poco el clima de terror. En octubre es elegido presidente Perón por el 60 por ciento de los votos. Pero ya el peronismo estaba profundamente dividido y Perón seguirá gobernando con la extrema derecha, nombrando ministro a López Rega.

 Con dificultades económicas y la oposición de Montoneros se le hará difícil gobernar a Perón. El 1° de julio de 1974 a diez meses de haber tomado el poder, muere Perón y para la Argentina comienza un período más que dramático. Perón es reemplazado por su viuda, María Estela Perón, alías Isabelita, y las calles de las ciudades argentinas son dominadas por las AAA de López Rega y todos los días ocurren asesinatos de notables, opositores a ese gobierno de extrema derecha. En la Argentina se produce el fenómeno del exilio y centenares de intelectuales, líderes obreros y estudiantes abandonan el país. Ante las dificultades profundas, Isabelita llama a elecciones para octubre  de 1976 pero en marzo de ese año las tres fuerzas armadas se apoderan del poder y es nombrado presidente el general Videla.

 Comienza una noche larga para los argentinos. Se aplicará el sistema de desaparición de personas. Uno de los sistemas más crueles de la historia de la represión en el mundo. Secuestro, tortura, robo de sus pertenencias, hasta los hijos desaparecen y luego la muerte y la desaparición del cadáver. Muchas veces se arrojaron vivos al mar a los prisioneros. Fueron autores de esa organización macabra los oficiales que habían estudiado en Estados Unidos. Al mismo tiempo se nombraba ministro de economía al ultraliberalconservador Marínez de Hoz. La deuda externa argentina se fue de ocho mil millones de dólares a 67 mil millones. Se comenzaron a privatizar empresas nacionales argentinas, no se cumplieron las leyes de trabajo y se eliminó a los delegados obreros de las empresas. El ejemplo clásico es Mercedes Benz que de sus catorce delegados obreros fueron desaparecidos 13. En ese sentido hay un juicio tanto en Buenos Aires como en Alemania.

 Sin ninguna duda, es la época más trágica de toda la historia argentina.

 Fueron casi ocho años de una dictadura que pasó a la historia como la más sangrienta desde la creación de la República. De esa época quedó como suprema acción de gobierno, la desaparición de personas y el rapto de los niños de los que eran consideradas personas subversivas. Y se comenzó el camino inexorable a la adhesión al liberalismo globalizador. La derrota de Malvinas quitó estabilidad a los militares que se vieron obligados a convocar a elecciones para octubre de 1983.

 Como pocas veces, el pueblo argentino vivió momentos de alegría y euforia por la reconquista de la democracia. Y justamente aquí viene el porqué de este pequeño prólogo sobre nuestra democracia. Todos los argentinos democráticos creyeron, al ver caer la dictadura, que en la Argentina se iba a iniciar la verdadera democracia que el país nunca tuvo pese a lo que establecía la constitución. Después del totalitarismo más cruel, comenzar desde cero y fundar una democracia que por lo menos en grandes líneas defendiera las libertades públicas y los derechos constitucionales.

 Los tres gobiernos que tuvimos desde entonces: el de Alfonsín, la década de Menem y el fallido gobierno de de la Rúa, no pudieron cumplir con ese deseo. Al contrario, no se fue a la democratización fundamental del país sino todo lo contrario. Se volvió a los antiguos juegos políticos. En vez de democratizar se trató de transar con todos los verdaderos enemigos de una democracia republicana. Esto se nota claramente en lo militar. Se hizo todo lo posible para que se cambiara todo pero no se modificará nada. Su intento se basó en que había habido en la Argentina una guerra civil en la que habían participado dos demonios. Y uno de los demonios había terminado devorándose al otro. Un demonio, el militar en el poder, había terminado con el demonio de la guerrilla aplicando los métodos más aberrantes: secuestro de las víctimas y sus familiarea, torturas, robos de sus pertenencias, robo hasta de sus hijos, y finalmente desaparición de los secuestrados. No, el nuevo gobierno y la oposición no consideraron el caso de víctimas y victimarios en cada hecho, sino simplemente, igualó los crímenes de la guerrilla, que fue el atentado o el secuestro con aparición del cadáver o de la víctima, al ejercido por las fuerzas armadas desde el poder.

 Por ejemplo, Alfonsín mantuvo presos a los condenados a prisión por la dictadura, siendo que esos juicios no habían tenido ninguna seguridad jurídica. Sólo cuando habían cumplido sus penas injustas, esos presos pudieron dejar las cárceles. En cambio a los verdugos se los mantuvo en libertad y se les conmutó de toda pena con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, aprobadas por los representantes de su partido en el congreso nacional.

 Aun los miembros de las fuerzas armadas y de las policías acusados de los peores crímenes, salieron en libertad. La presión de los organismos de derechos humanos y del exterior –ya que muchos de los desaparecidos eran ciudadanos extranjeros- hizo que finalmente Alfonsín respaldara el juicio a los comandantes. Ellos y sólo ellos, pero no a los subalternos del ejército, la marina y la aeronáutica. Los juicios se hicieron sí, con todas las garantías, pero desde el punto de vista jurídico hay mucho que discutir. Por ejemplo, que uno de los peores criminales durante la represión y culpable de la aventura de Malvinas, el general Galtieri, saliera absuelto de culpa y cargo. Lo mismo que se tomaran jueces y fiscales –el caso del fiscal Strassera es patente- que habían ocupado cargos durante la dictadura y a veces con actuaciones poco claras.

 A este juicio, donde los condenados debieron cumplir prisión nada menos que en un establecimiento militar con piscina y visita diaria de los familiares, se lo completó con dos leyes que iban a demostrar toda la intención del alfonsinismo y el radicalismo de hacer olvidar los crímenes del reciente pasado cometidos por las fuerzas armadas y los civiles que las acompañaron. Con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, se perdonaban los crímenes de la represión. Sólo como excepción quedó el robo de niños que años después comenzaría a mover los estrados judiciales por reacciones de las familias que buscan a seres nacidos que fueron secuestrados por los militares en aquella época y dados en adopción a otros militares o civiles. Para justificar posteriormente esta indigna acción, se buscó como pretexto que así, al alejarlos de familias marxistas, esos hijos podían ser educados de acuerdo a normas morales y dictadas por la iglesia católica. Las leyes aprobadas por el gobierno de Alfonsín con respecto a la represión, no respetan los principios universales de los derechos humanos que de ninguna manera disculpan los crímenes de lesa humanidad. Ni siquiera se tuvieron en cuenta los principios defendidos en los grandes juicios de posguerra como el de Auschwitz, por ejemplo, donde el fiscal Fritz Bauer definió claramente lo que son los crímenes de lesa humanidad. Los casos donde no se puede aducir precisamente la “obediencia debida” para justificar hasta el fusilamiento de niños, por ejemplo. No, nada de eso, más todavía la ley argentina de los radicales se llama precisamente “Obediencia Debida”. Esa ley y la de “Punto Final”, por la cual se ponía término a cualquier iniciación de juicios por acciones contra los principios defensores de los derechos humanos, sumió a la sociedad argentina en un clima de cinismo. Un país democrático no puede aceptar jamás el olvido más absoluto de crímenes como las torturas, los secuestros, el robo de las pertenencias de los perseguidos políticos. Pero la bancada radical, sí. La oposición peronista votó en contra pero la oposición en los recintos fue de muy poco valor. Fue más bien el cumplir con la disciplina partidaria en contra del radicalismo pero no fue un repudio claro con esas dos leyes verdaderamente totalitarias.

 El episodio que hizo posible el perdón absoluto de los crímenes militares fue provocado por el golpe militar del teniente coronel Rico. El gobierno civil tuvo miedo. El militar Rico cometió delito de insubordinación al levantarse con sus tropas pidiendo el olvido de los crímenes militares. Deseaban precisamente las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que serían aprobadas como consecuencia de la sumisión del poder civil a los dictados del militar levantado. La Plaza de Mayo estaba llena de pueblo que apoyaba al poder civil contra el militar levantado, autotitulado el “carapintada". Y ocurrió una de las traiciones más grandes a la historia de nuestra democracia. El presidente argentino cedió a la presión de los militares levantados, a pesar del total apoyo del pueblo en la calle, cosa que no había ocurrido ni con la caída de Yrigoyen ni de ninguno de los presidentes derrocados por los militares. Más, Alfonsín voló en un helicóptero hasta el cuartel del militar golpista y allí fue donde pactó la aprobación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Fue un retroceso absoluto del poder democrático ante la fuerza. Cuando Alfonsín regresó a la Casa de Gobierno, anunció desde el balcón a la multitud: “La casa está en orden, felices Pascuas”. El pueblo abandonó la plaza, humillados. Esas dos frases: felices Pascuas y la casa está en orden quedaron en el léxico popular como expresiones de la máxima cobardía. Comenzó para la historia argentina un período en el que el pueblo perdió esperanzas y se aisló de los hechos políticos. En cambio, en el verano de 1989, se produciría el ataque al cuartel de La Tablada por parte de un grupo de militantes de izquierda, quienes señalaron que llevaban a cabo ese ataque armado para adelantarse a otro golpe planeado por los militares. Allí Alfonsín procedió en forma absolutamente diferente a la que había actuado contra los militares de extrema derecha. Desoyó en primer término el consejo del propio jefe de la Policía Federal quien aconsejó rodear el cuartel ocupado por los izquierdistas con una compañía de policía con gases lacrimógenos y que se aguardara a que, incomunicados varios días, se rindieran. Alfonsín actuó de una manera completamente distinta. Llamó al general Arrillaga, famoso por la crueldad con que había actuado durante la dictadura militar en Mar del Plata, autor de la masacre de abogados de presos políticos, en el episodio conocido como “La noche de las corbatas”. Ese general –ante la orden de Alfonsín- atacó el cuartel ocupado por los jóvenes izquierdistas con todas las armas imaginables: tanques, cañones, gases, y un bombardeo incesante de artillería e infantería. Fue una verdadera masacre. Los guerrilleros se rindieron y muchos de ellos fueron fusilados después de soportar toda clase de torturas. Hasta se produjo el fenómeno de la desaparición de gente que se las ve ya prisioneros en las fotos, luego no fueron registradas ni como muertos ni como prisioneros. Posteriormente, los sobrevivientes fueron sometidos a un juicio degradante contra el cual protestó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA. Casi todos fueron condenados a prisión perpetua o a veinte años de prisión en una cárcel degradante. Basta comparar el caso del cara pintada Rico con el de los atacantes izquierdistas para demostrar que Alfonsín no hacía respetar el mismo derecho de igualdad en el trato para todos. Para los militares, leyes de amnistía. Para los guerrilleros, la más extrema y cruel represión y castigo.

 El gobierno de Perón, que en 1945 será elegido por la mayoría del pueblo en elecciones democráticas será una verdadera revulsión de la vida argentina. Será un populismo que, con un país rico en divisas ganadas durante la segunda guerra mundial, aprobará leyes sociales que favorecerán al sector más pobre. Creará un movimiento obrero que obedecerá a sus órdenes y así destruirá el antiguo movimiento obrero de socialistas, gremialistas puros, anarquistas y comunistas. La CGT pasó a depender directamente del movimiento peronista, es decir, de Perón. Su línea cultural más bien se guió por el pensamiento de derecha, guardando muy buenas relaciones con la España de Franco. Como todo pupulismo, mientras el país se mantuvo en una situación de riqueza pudo repercutir precisamente en las clases más pobres. Pero después de los primeros años, cuando comenzó en la Argentina una crisis económica, comenzó también la crisis del peronismo. La esposa de Perón, Evita, hizo una política activa de ayuda a los pobres y principalmente a las mujeres. Pero falleció en 1952, justo cuando se acentuaba la crisis. Perón entra en conflicto con dos grandes aliados de los principios: con el ejército y la iglesia católica. Las dos fuerzas unidas logran, en setiembre de 1955 derrocar a Perón. Éste con mucha capacidad de defensa por parte del apoyo de los obreros, no ofrece ninguna resistencia y huye del país en forma tan patética como Yrigoyen en 1930. Perón huye a una cañonera paraguaya de la marina de su amigo, el general Stroessner, un dictador de derecha. Ese pequeño buque de guerra estaba en reparaciones y no tenía agua ni electricidad.

Comenzarán en la Argentina entonces 18 años de la negación de toda democracia. Será prohibido el partido peronista (oficialmente llamado justicialista) y Perón vivirá en el exilio esos 18 años en diversos países con dictaduras de derecha: Venezuela de Pérez Giménez, Panamá, República Dominicana y por último, la España de Franco, dictador éste que protegió al político y militar argentino. Durante esos 18 años, el ejército en la Argentina fue el verdadero dominador del poder. Se cometieron hechos criminales como el fusilamiento de peronistas sin juicio previo, en junio de 1956. Se hicieron intentos de regreso a la democracia y se dieron elecciones pero sólo permitiéndose a los dos grandes partidos, los dos radicales. En esto estos partidos cometieron un enorme pecado al aceptar esas condiciones de la prohibición del partido peronista. Hasta 1973 fue una sucesión de presidentes electos en minoría y de golpes militares. Se vivió casi constantemente en estado de sitio siendo el poder militar absolutamente discriminatorio. Pero la presión de las masas peronistas hizo que este período nefasto se terminara y pudiera regresar Perón a la Argentina en 1973. Mientras tanto se había iniciado el fenómeno de la lucha de la guerrilla en la Argentina, siguiendo el ejemplo de la Revolución Cubana y el ejemplo del Che. Nace así el Movimiento Montonero y otros grupos menores de izquierda como el Ejército Revolucionario del Pueblo.

Las acciones guerrilleras ayudarán a que los militares se alejen del poder. Por eso permitirán elecciones con la presencia esta vez sí del Partido Justicialista. Los argentinos creían que por fin se iba a acabar el período nefasto de las contínuas dictaduras militares. En los comienzos de 1973 triunfa el candidato peronista Cámpora. Pero ya no era lo mismo. El peronismo estaba produndamente dividido en un ala izquierda y otro de derecha. Cuando regresa Perón de España ordena inmedito la renuncia de Cámpora que pertenecía a la izquierda y gozaba de la simpatía de los Montoneros. Cámpora renuncia y Perón pone como presidente provisorio a un representante de la extrema derecha peronista, Lastiri, yerno de López Rega, un hombre de  extrema derecha que comienza a organizar los escuadrones de la muerte, las llamadas Tres A: Alianza Anticomunista Argentina, para eliminar mediante secuestros y asesinatos a la izquierda de su partido y de la sociedad argentina. Comienza poco a poco el clima de terror. En octubre es elegido presidente Perón por el 60 por ciento de los votos. Pero ya el peronismo estaba profundamente dividido y Perón seguirá gobernando con la extrema derecha, nombrando ministro a López Rega.

 Con dificultades económicas y la oposición de Montoneros se le hará difícil gobernar a Perón. El 1° de julio de 1974 a diez meses de haber tomado el poder, muere Perón y para la Argentina comienza un período más que dramático. Perón es reemplazado por su viuda, María Estela Perón, alías Isabelita, y las calles de las ciudades argentinas son dominadas por las AAA de López Rega y todos los días ocurren asesinatos de notables, opositores a ese gobierno de extrema derecha. En la Argentina se produce el fenómeno del exilio y centenares de intelectuales, líderes obreros y estudiantes abandonan el país. Ante las dificultades profundas, Isabelita llama a elecciones para octubre  de 1976 pero en marzo de ese año las tres fuerzas armadas se apoderan del poder y es nombrado presidente el general Videla.

 Comienza una noche larga para los argentinos. Se aplicará el sistema de desaparición de personas. Uno de los sistemas más crueles de la historia de la represión en el mundo. Secuestro, tortura, robo de sus pertenencias, hasta los hijos desaparecen y luego la muerte y la desaparición del cadáver. Muchas veces se arrojaron vivos al mar a los prisioneros. Fueron autores de esa organización macabra los oficiales que habían estudiado en Estados Unidos. Al mismo tiempo se nombraba ministro de economía al ultraliberalconservador Marínez de Hoz. La deuda externa argentina se fue de ocho mil millones de dólares a 67 mil millones. Se comenzaron a privatizar empresas nacionales argentinas, no se cumplieron las leyes de trabajo y se eliminó a los delegados obreros de las empresas. El ejemplo clásico es Mercedes Benz que de sus catorce delegados obreros fueron desaparecidos 13. En ese sentido hay un juicio tanto en Buenos Aires como en Alemania.

 Sin ninguna duda, es la época más trágica de toda la historia argentina.

 Fueron casi ocho años de una dictadura que pasó a la historia como la más sangrienta desde la creación de la República. De esa época quedó como suprema acción de gobierno, la desaparición de personas y el rapto de los niños de los que eran consideradas personas subversivas. Y se comenzó el camino inexorable a la adhesión al liberalismo globalizador. La derrota de Malvinas quitó estabilidad a los militares que se vieron obligados a convocar a elecciones para octubre de 1983.

 Como pocas veces, el pueblo argentino vivió momentos de alegría y euforia por la reconquista de la democracia. Y justamente aquí viene el porqué de este pequeño prólogo sobre nuestra democracia. Todos los argentinos democráticos creyeron, al ver caer la dictadura, que en la Argentina se iba a iniciar la verdadera democracia que el país nunca tuvo pese a lo que establecía la constitución. Después del totalitarismo más cruel, comenzar desde cero y fundar una democracia que por lo menos en grandes líneas defendiera las libertades públicas y los derechos constitucionales.

 Los tres gobiernos que tuvimos desde entonces: el de Alfonsín, la década de Menem y el fallido gobierno de de la Rúa, no pudieron cumplir con ese deseo. Al contrario, no se fue a la democratización fundamental del país sino todo lo contrario. Se volvió a los antiguos juegos políticos. En vez de democratizar se trató de transar con todos los verdaderos enemigos de una democracia republicana. Esto se nota claramente en lo militar. Se hizo todo lo posible para que se cambiara todo pero no se modificará nada. Su intento se basó en que había habido en la Argentina una guerra civil en la que habían participado dos demonios. Y uno de los demonios había terminado devorándose al otro. Un demonio, el militar en el poder, había terminado con el demonio de la guerrilla aplicando los métodos más aberrantes: secuestro de las víctimas y sus familiarea, torturas, robos de sus pertenencias, robo hasta de sus hijos, y finalmente desaparición de los secuestrados. No, el nuevo gobierno y la oposición no consideraron el caso de víctimas y victimarios en cada hecho, sino simplemente, igualó los crímenes de la guerrilla, que fue el atentado o el secuestro con aparición del cadáver o de la víctima, al ejercido por las fuerzas armadas desde el poder.

 Por ejemplo, Alfonsín mantuvo presos a los condenados a prisión por la dictadura, siendo que esos juicios no habían tenido ninguna seguridad jurídica. Sólo cuando habían cumplido sus penas injustas, esos presos pudieron dejar las cárceles. En cambio a los verdugos se los mantuvo en libertad y se les conmutó de toda pena con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, aprobadas por los representantes de su partido en el congreso nacional.

 Aun los miembros de las fuerzas armadas y de las policías acusados de los peores crímenes, salieron en libertad. La presión de los organismos de derechos humanos y del exterior –ya que muchos de los desaparecidos eran ciudadanos extranjeros- hizo que finalmente Alfonsín respaldara el juicio a los comandantes. Ellos y sólo ellos, pero no a los subalternos del ejército, la marina y la aeronáutica. Los juicios se hicieron sí, con todas las garantías, pero desde el punto de vista jurídico hay mucho que discutir. Por ejemplo, que uno de los peores criminales durante la represión y culpable de la aventura de Malvinas, el general Galtieri, saliera absuelto de culpa y cargo. Lo mismo que se tomaran jueces y fiscales –el caso del fiscal Strassera es patente- que habían ocupado cargos durante la dictadura y a veces con actuaciones poco claras.

 A este juicio, donde los condenados debieron cumplir prisión nada menos que en un establecimiento militar con piscina y visita diaria de los familiares, se lo completó con dos leyes que iban a demostrar toda la intención del alfonsinismo y el radicalismo de hacer olvidar los crímenes del reciente pasado cometidos por las fuerzas armadas y los civiles que las acompañaron. Con las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, se perdonaban los crímenes de la represión. Sólo como excepción quedó el robo de niños que años después comenzaría a mover los estrados judiciales por reacciones de las familias que buscan a seres nacidos que fueron secuestrados por los militares en aquella época y dados en adopción a otros militares o civiles. Para justificar posteriormente esta indigna acción, se buscó como pretexto que así, al alejarlos de familias marxistas, esos hijos podían ser educados de acuerdo a normas morales y dictadas por la iglesia católica. Las leyes aprobadas por el gobierno de Alfonsín con respecto a la represión, no respetan los principios universales de los derechos humanos que de ninguna manera disculpan los crímenes de lesa humanidad. Ni siquiera se tuvieron en cuenta los principios defendidos en los grandes juicios de posguerra como el de Auschwitz, por ejemplo, donde el fiscal Fritz Bauer definió claramente lo que son los crímenes de lesa humanidad. Los casos donde no se puede aducir precisamente la “obediencia debida” para justificar hasta el fusilamiento de niños, por ejemplo. No, nada de eso, más todavía la ley argentina de los radicales se llama precisamente “Obediencia Debida”. Esa ley y la de “Punto Final”, por la cual se ponía término a cualquier iniciación de juicios por acciones contra los principios defensores de los derechos humanos, sumió a la sociedad argentina en un clima de cinismo. Un país democrático no puede aceptar jamás el olvido más absoluto de crímenes como las torturas, los secuestros, el robo de las pertenencias de los perseguidos políticos. Pero la bancada radical, sí. La oposición peronista votó en contra pero la oposición en los recintos fue de muy poco valor. Fue más bien el cumplir con la disciplina partidaria en contra del radicalismo pero no fue un repudio claro con esas dos leyes verdaderamente totalitarias.

 El episodio que hizo posible el perdón absoluto de los crímenes militares fue provocado por el golpe militar del teniente coronel Rico. El gobierno civil tuvo miedo. El militar Rico cometió delito de insubordinación al levantarse con sus tropas pidiendo el olvido de los crímenes militares. Deseaban precisamente las leyes de Obediencia Debida y Punto Final que serían aprobadas como consecuencia de la sumisión del poder civil a los dictados del militar levantado. La Plaza de Mayo estaba llena de pueblo que apoyaba al poder civil contra el militar levantado, autotitulado el “carapintada". Y ocurrió una de las traiciones más grandes a la historia de nuestra democracia. El presidente argentino cedió a la presión de los militares levantados, a pesar del total apoyo del pueblo en la calle, cosa que no había ocurrido ni con la caída de Yrigoyen ni de ninguno de los presidentes derrocados por los militares. Más, Alfonsín voló en un helicóptero hasta el cuartel del militar golpista y allí fue donde pactó la aprobación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Fue un retroceso absoluto del poder democrático ante la fuerza. Cuando Alfonsín regresó a la Casa de Gobierno, anunció desde el balcón a la multitud: “La casa está en orden, felices Pascuas”. El pueblo abandonó la plaza, humillados. Esas dos frases: felices Pascuas y la casa está en orden quedaron en el léxico popular como expresiones de la máxima cobardía. Comenzó para la historia argentina un período en el que el pueblo perdió esperanzas y se aisló de los hechos políticos. En cambio, en el verano de 1989, se produciría el ataque al cuartel de La Tablada por parte de un grupo de militantes de izquierda, quienes señalaron que llevaban a cabo ese ataque armado para adelantarse a otro golpe planeado por los militares. Allí Alfonsín procedió en forma absolutamente diferente a la que había actuado contra los militares de extrema derecha. Desoyó en primer término el consejo del propio jefe de la Policía Federal quien aconsejó rodear el cuartel ocupado por los izquierdistas con una compañía de policía con gases lacrimógenos y que se aguardara a que, incomunicados varios días, se rindieran. Alfonsín actuó de una manera completamente distinta. Llamó al general Arrillaga, famoso por la crueldad con que había actuado durante la dictadura militar en Mar del Plata, autor de la masacre de abogados de presos políticos, en el episodio conocido como “La noche de las corbatas”. Ese general –ante la orden de Alfonsín- atacó el cuartel ocupado por los jóvenes izquierdistas con todas las armas imaginables: tanques, cañones, gases, y un bombardeo incesante de artillería e infantería. Fue una verdadera masacre. Los guerrilleros se rindieron y muchos de ellos fueron fusilados después de soportar toda clase de torturas. Hasta se produjo el fenómeno de la desaparición de gente que se las ve ya prisioneros en las fotos, luego no fueron registradas ni como muertos ni como prisioneros. Posteriormente, los sobrevivientes fueron sometidos a un juicio degradante contra el cual protestó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA. Casi todos fueron condenados a prisión perpetua o a veinte años de prisión en una cárcel degradante. Basta comparar el caso del cara pintada Rico con el de los atacantes izquierdistas para demostrar que Alfonsín no hacía respetar el mismo derecho de igualdad en el trato para todos. Para los militares, leyes de amnistía. Para los guerrilleros, la más extrema y cruel represión y castigo.

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