Se enviaban tropas, se movilizaba a la opinión pública y al mismo tiempo se hacían grandes compras de armas, en las cuales todos cobraban sus comisiones. Hasta el comandante en jefe argentino, el general Ricchieri se vio involucrado en el cobro de una coima. Acusado, de inmediato donó esa coima al ejército y entonces fue saludado por todos como un verdadero patriota. Desde la prusianización del ejército argentino éste pasó a ser cuerpo directo de la represión antiobrera. Desde ese momento hasta el presente todas las acciones del ejército argentino fueron o para reprimir los movimientos obreros o para combatir a grupos de la propia población.Con la excepción de la guerra de Malvinas, guerra improvisada y sólo declarada para salvar el prestigio militar, que al final terminó en una total derrota y significó el fin de la dictadura militar de los generales.

 Hay un documento que lo demuestra todo. El libro del mariscal alemán Colmar conde de von der Goltz que se llama “Impresiones de mi viaje por la Argentina”. Fue en 1910 cuando los argentinos festejaban el centenario del fin de la dominación española. En ese libro, von der Goltz describe con enorme gozo cómo se reprimen las acciones obreras. Dice textualmente: “Argentina está administrada por un gobierno muy práctico y de orden. Realmente a mí me hizo muy bien ver con qué vigor la emprende contra todo intento de crear disturbios en el desarrollo y en la vida pública. En la dársena sur, en la desembocadura del Riachuelo, se hallaba anclado un barco bien grande que, como me relataron con sonrisas elocuentes, se iba poblando poco a poco con esa chusma carne de presidio que la policía iba cazando aquí y allá. Me señalaban además que, cuando el buque estaba lleno, comenzaba un viaje de turismo a Tierra del Fuego y allí se los desembarcaba”. Como es sabido, en Tierra del Fuego lo único que había era una cárcel que estaba a la altura de las peores de la Siberia del zar. Prosigue von der Goltz: “Entonces sí que ahí en Tierra del Fuego podían hacer todo el alboroto que quisieran. Se habló en esos días de una huelga general que iba a comenzar con perturbaciones de las numerosas líneas de tranvías eléctricos, indispensables para el transporte en una ciudad extendida. Pero antes que comenzara la huelga, ya iban apostados soldados atrás y adelante de los vehículos, con fusil cargado y, de anteriores experiencias se sabía demasiado bien que esos guardias no dudaban mucho en apretar el gatillo. De modo que las perturbaciones fueron dejadas para más adelante y hasta hoy no se pusieron en práctica. Pero tal vez la medida más adecuada del jefe de Policía de Buenos Aires fue que, antes del día clave, hizo detener a un importante número de agitadores anarquistas y los encerró, poniéndolos sobre aviso de que, ante la menor perturbación de la fiesta del centenario abriría las puertas de la cárcel y dejaría todo lo demás en manos de la población exasperada. Ya quisiera que nosotros, los alemanes, también imitáramos de vez en cuando algo de este vigor original y edificante y no tuviéramos siempre tantas contemplaciones”.

  Y sobre la importancia que lo militar tiene en la sociedad argentina, escribe el mariscal conde von der Goltz en 1910, durante los festejos del centenario de la libertad argentina de España. Dice: “Todos los festejos argentinos tuvieron un carácter serio y solemne. En este sentido el poder armado ocupó un papel protagónico con sus formaciones y guardias de honor, sus escoltas, bandas de música militar, etc. Batallones de escolares desfilaban por las calles y daban expresión –y quisiera designarlo expresamente así- al militarismo, que en la Argentina está muy latente, a que en el extraordinario progreso que la República hace en el orden material, no ha perdido de vista la necesidad de fomentar y fortalecer el estilo militar, lo guerrero (...) Quisiera decir aquí una palabra acerca de la educación militar de los soldados argentinos. Todo lo que sea marchas y desfiles es muy apreciado en Buenos Aires. Entre nosotros, los alemanes, se habla demasiado sobre lo severo de la instrucción militar, pues bien, antes de hablar tendrían que ir a la Argentina y ver cómo se instruye a los soldados y se les hace ejercitar”. En ese viaje a la Argentina, por supuesto, el representante del ejército alemán von der Goltz fue acompañado por von Restorff, representante de Krupp y dos de los oficiales alemanes contratados por la Argentina. Está todo dicho: instrucción militar, sí, pero detrás de eso estaba el negocio de armas, sin disimulos.

 Ya en 1892, los alemanes del “Vorwärts” en Buenos Aires exlicaron a sus compañeros socialistas argentinos, españoles e italianos los peligros del militarismo prusiano. En su periódico “Vorwärts” (Órgano de los intereses del pueblo trabajador de Buenos Aires, llevaba como subtítulo), escriben: “Chile tiena la perspectiva poco alentadora de ser prusianizado. El oficial prusiano Körner quien desde hace tiempo se halla en ese país, tiene gran influencia en el ejército chileno y quiere ahora imponer el servicio militar. Felicitamos a los chilenos. Si fuera por las botas prusianas, todo el mundo tendría que ser un gran cuartel. Pero los árboles no crecen hasta el cielo; antes que sea posible prusianizar a Chile, su modelo militar se va a caer a pedazos. En Alemania, algo se está moviendo”. (24.1892)

 Esos trabajadores alemanes incansables hicieron los primeros estudios sociólogicos sobre la vida de los trabajadores argentinos. Mientras el mariscal conde von de Goltz se ocupaba de los caballos de carrera (escribía: “Si no fuera por las hermosas mujeres argentinas hubiera perdido mi viejo corazón en los caballos”) los socialistas alemanes exiliados escribían sobre el trabajo de las mujeres y las niñas en Buenos Aires. “La Fábrica Argentina de Alpargatas emplea a 510 obreros, de los cuales 460 son mujeres y niñas. El trabajo comienza a las seis de la mañana y dura hasta las seis de la tarde, interrumpido por una hora y media al mediodía. El trabajador aplicado puede ganar la enorme suma de diez pesos papel por semana, en cambio las chicas sólo seis pesos. Por día se producen 12.000 pares de alpargatas. Es decir que en la Argentina no sólo hay grandes establecimientos industriales, igual que en Europa, sino también tenemos aquí unido a ello las más grande explotación del trabajo de mujeres y niñas”. (Vorwärts, 2.6.1892)

 Hay un documento imprescindible que habla de la desvergonzada colaboración entre el militarismo y los fabricantes de armas. En 1980, setenta años después de la visita del mariscal alemán von der Goltz, el representante de Krupp en la Argentina, príncipe von Lobkowitz, declara al diario argentino “La Nación” cuando gobernaba la dictadura genocida del general Videla. Textual: “En Europa se tiene la falsa interpretación de que los gobiernos militares son dictaduras. No saben que aquí, en la Argentina, hay hombres, los militares, que también son gobierno, que aman a su patria y por eso la han protegido de que caiga en manos marxistas. En la Argentina son 25 millones de habitantes contra diez mil. Creo que cuando es necesario defender a una socidad de 25 millones de seres sanos contra diez mil, que desaparezcan los diez mil.” (Es decir, que el representante de la firma alemana Krupp estaba a favor del sistema de la desaparición de personas.)

 En 1916 comenzó el gobierno elegido en elecciones generales. Antes, los representantes se elegían a dedo, en los atrios de las iglesias. El primer partido que triunfó fue la Unión Cívica Radical, y el primer presidente Hipólito Yrigoyen. Tuvo características de un partido progresista, nacional, con defensa de la política latinoamericana. Pero mostró una cara absolutamente reaccionaria en la represión del movimiento obrero. Durante los seis años de su gobierno se registraron las tres matanzas más sanguinarias de la historia argentina, hasta 1976. Luego, ese triste honor lo ha heredado la dictadura militar de Videla, de 1976 a 1981, con la desaparción de personas. La primera represión se hizo contra los obreros metalúrgicos que en enero de 1919 salieron a la calle para luchar por las ocho horas de trabajo. Fueron miles de obreros que formaron una columna interminable que fue atacada por la policía librándose durante dos días una lucha sin cuartel. Como la policía no pudo frenar el ímpetu de los obreros, el presidente Yrigoyen ordenó al ejército que tomara a su cargo la represión produciéndose la muerte de más de 600 obreros en las calles de Buenos Aires. En documentos publicados más de dos décadas después, la embajada de EEUU en Buenos Aires señalaba que el número de obreros  muertos se elevaba a más de mil. Pero la transgresión  más grande contra las leyes y la constitución del gobierno de Yrigoyen fue permitir que en la represión actuaran junto a la policía y el  ejército grupos armados de extrema derecha denominados Liga Patriótica Argentina. Estos grupos cometieron el primer progrom contra el barrio judío de Buenos Aires. A los judíos en aquella época, como venían de Rusia, se los acusaba de comunistas. Esta matanza obrera se conoce en la historia como la Semana Trágica. Pero lo deplorable para la nueva democracia es que no intervino la justicia, ni el parlamento Nacional ni el Poder Ejecutivo para que se iniciara una investigación a fondo de los hechos. No, todo se ignoró.

 Dos años después se produciría un hecho de magnitudes todavía más trágicas. En 1921, los peones rurales patagónicos de las estancias del territorio de Santa Cruz inician una huelga para reclamar por mejoras de salarios y mejores condiciones de vida. Se firmará primero un convenio que los dueños de las estancias no cumplen y se iniciará así una segunda huelga en las estancias patagónicas. La reacción del gobierno radical sera insólita, enviará al regimiento 10 de caballería a reprimir. Se volverá así a cometer nuevamente una matanza obrera, de proporciones mayores a la de la Semana Trágica de Buenos Aires. Se calcula el número de peones fusilados en 1500. Tampoco aquí intervino la justicia, pero sí el Congreso Nacional. La oposición solicitó se nombrara de inmediato una comisión investigadora que marchara a la Patagonia para detallar la verdad. Pero la bancada mayoritaria, el radicalismo, se negó. En el mismo año, ocurrirá la tercera matanza obrera cometida por el gobierno elegido por el pueblo. En el norte de Santa Fe comenzará la huelga de los trabajadores del quebracho, árbol cuya madera se utilizaba para producir el tanino –empleado en las curtiembres- y para la fabricación de durmientes para los ferrocarriles. Allí también, el gobierno de Santa Fe, que era radical como Yrigoyen ordenó una cruenta represión, primero con un cuerpo de gendarmería creado al efecto y luego con el ejército. Es decir, que la historia de la democracia argentina comenzaba en forma trágica y el ejército creado sobre raíces prusianas había servido solamente para la represión del movimiento obrero.

 En 1922, Yrigoyen terminará su mandato y será reemplazado por Alvear, un hombre de la aristocracia y del ala conservadora del radicalismo. Y hará un gobierno con matices liberales. En 1928, al terminar los seis años de mandato, nuevamente será elegido Yrigoyen quien hará un gobierno con muchas vacilaciones hasta que el 6 de setiembre de 1930 el ejército hará un golpe militar. Yrigoyen será derrocado por el general Uriburu, un militar muy alabado en su tiempo por el mariscal alemán von der Goltz. Se produce así el primer golpe militar contra la democracia. El dictador hará fusilar a anarquistas y hará un gobierno de extrema derecha, con persecución a los políticos de los partidos centristas y de izquierda. Pero lo curioso es que Yrigoyen no defenderá su gobierno. Huirá de la casa de gobierno iniciando así una costumbre desgraciada para la democracia argentina. Ninguno de sus presidentes elegidos por el pueblo se defendió contra los 14 golpes militares que ocurrieron en estos últimos 86 años. Todos huyeron. Ninguno hizo lo del presidente chileno Allende que murió en la casa de gobierno, suicidándose, pero no huyó. La huída del presidente Yrigoyen fue patética. Se hizo llevar por su chofer en el auto presidencial hasta la ciudad de La Plata y allí fue hasta un cuartel militar de segunda categoría y presentó la renuncia de presidente a un oficial de segunda categoría. La democracia argentina había comenzado mal con rasgos de tragicomedia. Uriburu a los dos años de dictadura fue reemplazado por un presidente, otro general, elegido en elecciones fraudulentas. Comenzará lo que iba a llamarse el “fraude patriótico”. Los hombres del poder manejaban las elecciones fraudulentas porque señalaban que el pueblo todavía no tenía educación para saber elegir en democracia. Todo ese período luego fue denominado por los historiadores como “la década infame”. Fue una época no sólo de fraudes sino también de grandes negociados. Todo se escenificó de manera que los que sucedieron al general Justo, pertenecían a fracciones de la antigua línea liberal, conservadora y también a la derecha del radicalismo. Toda esa década infame, que duró trece años, terminará con un nuevo golpe militar en 1943, en el que se destacó el joven coronel Perón.

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