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La crueldad salía a la superficie en
una sociedad criolla europeizada, profundamente racista. El pensador argentino Juan Bautista Alberdi –uno de los verdaderos padres de la Constitución
Nacional- escribió: “No conozco persona distinguida de nuestras sociedades que lleve apellido pehuenche o araucano.
¿Acaso alguien conoce a algún caballero que se enorgullezca de ser indio? ¿Quién de nosotros acaso casaría a su hermana o a su hija con un indio de la
Araucanía? Preferiría mil veces a un zapatero inglés”.
Los indios que se salvaron de la
matanza fueron enviados a trabajar a los cañaverales del Norte para los dueños y señores del azúcar, en condiciones de absoluta explotación, o a servir
durante seis años en el ejército y la marina. Las mujeres indias fueron repartidas entre las familias aristocráticas como sirvientas y los niños dados
en adopción. El diario “El Nacional” informa: “Llegan a Buenos Aires los indios prisioneros con sus familias.
La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas
que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la
madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia”.
Es que la guerra contra el “salvaje”
se hizo sin piedad. El comandante Prado, uno de los integrantes de la expedición, informó que a los indios que se tomaban prisioneros se los
estaqueaba y se los torturaba atrozmente, mutilándolos o desconyuntándolos para que diera datos. El comandante, general Roca escribirá: “La
ola de bárbaros que ha inundado por espacio de siglos las fértiles llanuras ha sido por fin destruída”. Y finalmente informará al Congreso de la
Nación: “El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición dejando así libres para siempre del dominio
del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero”. Los vencedores
se quedarán con las tierras. El general Roca mismo recibió quince mil hectáreas como botín de guerra. Hubo campos para los otros generales y oficiales y
para los estancieros y comerciantes que habían financiado la matanza.
También la iglesia católica apoyó en
todo a la expedición contra los indios. Por ejemplo, monseñor Fagnano, dio a conocer un mensaje cuando las tropas militares vencieron. Dijo: “Dios en su infinita misericordia ha proporcionado a estos indios un medio eficasísimo para redimirse de la barbarie y salvar sus almas: el trabajo;
y sobre todo la religión, que los saca del embrutecimiento en que se encontraban”.
Los nombres poéticos que los
habitantes originarios pusieron a montañas, lagos, valles, etc., fueron cambiados por nombres de generales y de burócratas del gobierno de Buenos Aires.
Por ejemplo. Uno de los lagos más hermosos de la Patagonia que llevaba el nombre en tehuelche que significaba “el ojo de Dios” fue reemplazado por el
de Lago Gutiérrez, apellido de un burócrata del ministerio del Interior que pagaba los sueldos a los militares. Y en Tierra del Fuego, un lago con nombre
indígena ona llamado “Descanso del horizonte”, fue llamado “Lago Monseñor Fagnano”, en honor del cura que acompañó a las tropas con la cruz.
En Londres se hizo un homenaje
gigantesco al general Roca. La crónica dirá: “Jamás los altos banqueros y comerciantes de Londres, en número
tan grande y selecto, han ofreciedo a un hombre público extranjero iguales demostraciones de simpatía ni tributó a un país tan altos elogios como lo que
han hecho a la República Argentina”.
Todo el cinismo de la sociedad
vencedora quedó al desnudo con la muerte del cacique Inacayal, símbolo final de toda la tragedia. El cacique
Inacayal había sido tomado prisionero y llevado al Museo de Antropología de La Plata para mostrarlo allí, a la europea, para que los argentinos vieran cómo
eran los indios. El escritor Cemente Onelli describe así su muerte: “Un día, cuando el sol poniente teñía de púrpura el horizonte, apareció Inacayal sostenido por dos indios allá arriba, en la escalera monumental
del museo. Se arrancó la ropa, las del invasor de su patria, desnudó su rostro dorado como metal corintio, hizo un ademán al sol y otro larguísimo hacia
el sur, habló palabras desconocidas y, en el crepúsculo, la sombra agobiada de este viejo señor de la tierra se desvaneció como la rápida evocación de
un mundo. Esa misma noche, Inacayal moría”.
Hoy, todo está igual que cuando el ejército
realizó el genocidio patagónico. Por supuesto todo más moderno. La Patagonia está toda vendida. Por ejemplo, los industriales del vestido, los Benetton,
han comprado varias estancias, entre ellas la estancia Leleque, la más hermosa en paisaje con cordillera, lagos y bosques. Es una estancia extensísima.
Eso no obstó para que el dueño europeo, quien descubrió que en el amplio territorio de su estancia una familia mapuche integrada por un matrimonio y sus
dos hijos, estaban viviendo en cuatro hectáreas de su estancia. Esa familia ocupaba desde hacía tiempo inmemorial esa tierra, de la cual no tenían título
de propiedad, por supuesto. El europeo, dueño de la estancia, los hizo expulsar del campo por la justicia argentina. La familia mapuche fue expulsada de
sus propias tierras. Otros propietarios extranjeros, entre ellos norteamericanos e ingleses, y millonarios que viven en el Caribe, han comprado ya grandes
extensiones de terreno en la Patagonia. Entran quienes utilizan las estancias para el placer y su propio turismo. Realidades de la globalización.
Después de la campaña del desierto
que terminará en 1880, Roca será presidente de la Nación dos veces, elegido por normas en que no se respetaban los principios democráticos. En la
Argentina comenzaba un nuevo período. El de la inmigración. Los liberales con sus guerras habían dejado al país vacío. Había que poblarlo. La frase
de ese tiempo, pronunciada por Alberdi, era: “gobernar es poblar”. Otro estadista argentino, Sarmiento, había
respondido: “sí, poblar sí, pero con europeos”. Y Sarmiento propuso que se trajeran nórdicos: holandeses,
suecos, noruegos, alemanes, ingleses. Pero Sarmiento no había tenido en cuenta que esos europeos nórdicos elegían emigrar a América del Norte: Estados
Unidos y Canadá.
Por eso, Sarmiento y los sucesivos
gobiernos liberales tuvieron que “conformarse” con españoles e italianos. Fue realmente un acontecimiento épico. En tres décadas llegaron dos
millones de españoles y cuatro millones de italianos. Y con los trabajadores españoles e italianos llegaron las ideologías que dominaban en los
movimientos obreros de esos países, que era esencialmente el anarquismo. El socialismo llegará con un grupo de emigrados alemanes a quienes se les había
aplicado la ley antisocialista de Bismarck. Eran docentes y dirigentes sindicales. Ellos fundaron en Buenos Aires el Club Vorwärts y fueron los primeros
en enseñar marxismo. La casa del Club Vorwärts fue facilitada a todos los obreros, no importará su origen ni tampoco su ideología. La Casa del Vorwärts
de la calle Rincón se hizo famosa porque allí se llevaron a cabo las primeras discusiones sobre las leyes de trabajo y las exigencias de los obreros que
eran explotados por las pocas empresas que existían en esa época. Los alemanes del Club Vorwärts fueron los primeros en citar para el acto en recordación
de los Mártires de Chicago, que significaba la reinvidicación de las ocho horas de trabajo. Se hizo en el centro de Buenos Aires, en 1890, y cada
representante obrero habló en su propio idioma: fueron oradores un italiano, un portugués, un español y un alemán. Fue el punto de partida para que se
iniciara un período de luchas reinvidicativas. Fue increíble el espíritu de lucha de esos obreros recién llegados. Y para el gobierno liberal comenzó
un nuevo período de represión. Si primero fue con los gauchos federales, después fue con los indios y ahora, a principios del siglo veinte, fue con los
obreros de ideologías anarquistas, que aplicaban el método de la acción directa. Hay hechos insólitos, como es la gran marcha obrera de 1904, donde se
reunieron 70.000 obreros para un Buenos Aires que contaba sólo con 800.000 habitantes. Ese acto se hizo a pesar que estaba prohibido por la policía y
como se trataba de un 1° de mayo, ese día los obreros debían trabajar y si faltaban a sus tareas eran dejados cesantes por la patronal. Como se presumía,
el acto fue atacado por la policía y se produjo el primer mártir de los obreros de Buenos Aires, el marinero Juan Ocampo, que fue muerto a balazos por la
policía. El cadáver del joven marinero fue llevado por sus propios compañeros al local del diario anarquista “La Protesta” y velado allí. Comenzaba
una lucha sangrienta entre el gobierno y los obreros, que iba a durar muchos años y que iba a producir miles de víctimas.
En los capítulos principales de esa
represión está la masacre del Plaza de Congreso, el 1° de mayo de 1909, cuando la policía atacó sin aviso a los miles de obreros que manifestaban por
las ocho horas de trabajo. El jefe de policía era un militar, el coronel Ramón Falcón quien ordenó sin previo aviso el ataque contra las columnas
obreras. Se produjo una verdadera masacre de trabajadores. Meses después, el joven anarquista Simón Radowitzki esperó al coronel Ramón Falcón a la
salida de un acto público y vengó a sus compañeros matando al jefe de policía con una bomba. |